35 años al aire: Jesús Aguilar y la obstinación por comunicar.

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Por Mireya Salas

Hay carreras que se cuentan en años y otras que se miden en resistencia. La de Jesús Aguilar pertenece a la segunda categoría. En este 2025 —un año áspero para los medios y para el país— cumple 35 años de trabajo ininterrumpido en el periodismo mexicano, casi todos con base en San Luis Potosí, una plaza tan exigente como reveladora.

Comenzó antes de que la palabra “multiplataforma” existiera. A los cuatro años ya estaba frente a un micrófono, heredando no solo la voz, sino la disciplina de la radio que le enseñó su padre, Jesús Aguilar Castillo. A los quince, mientras otros apenas buscaban rumbo, él ya hacía radio local. A los dieciséis, ya sabía que este oficio no perdona la improvisación ni la falta de carácter.

Los años noventa lo encontraron formando parte de una generación que cambió el sonido de la radio juvenil en San Luis Potosí, desde FM Globo 96.9, cuando la música era identidad, criterio y rebeldía, no solo acompañamiento. De ahí en adelante, el camino fue ampliándose: prensa escrita, televisión, análisis político, cobertura electoral, investigación y, más tarde, medios digitales cuando muchos aún los miraban con desconfianza.

Jesús Aguilar no ha sido un periodista cómodo. Ha fundado medios, los ha sostenido, los ha defendido y, en más de una ocasión, ha pagado el costo de incomodar al poder, local y estatal. Ha escrito sobre universidades, gobiernos, sindicatos, presupuestos, corrupción y silencios; temas que rara vez generan aplausos, pero sí consecuencias.

En 35 años ha visto caer modelos de negocio, cambiar gobiernos, desaparecer redacciones y mutar audiencias. Y, sin embargo, sigue ahí. Con micrófono, con columna, con análisis, con preguntas incómodas. No por nostalgia, sino por convicción.

Hoy, cuando el periodismo atraviesa uno de sus momentos más frágiles, la trayectoria de Jesús Aguilar no se explica solo por los premios —que los tiene— ni por los proyectos fundados, sino por algo más simple y más difícil: no haberse ido, no haberse rendido y no haber renunciado a pensar en público.

Treinta y cinco años después, el oficio sigue siendo el mismo: contar lo que pasa, entender por qué pasa y asumir las consecuencias de decirlo.

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