
AP.- Jasmín Ordóñez mira desde una embarcación de madera el agua mientras cruza un estrecho canal que conecta un laberinto de chinampas , granjas insulares que fueron construidas por los aztecas hace miles de años.
“Cerremos los ojos y pidamos a nuestra Madre Agua permiso para navegar en paz”, dijo mientras la embarcación avanza lentamente, en contraste con el frenético tráfico de la Ciudad de México a sólo unos kilómetros de distancia.
Ordóñez es dueña de una de estas granjas isleñas, creada originalmente con lodo del fondo de los lagos que antaño cubrían esta zona. Cuando el barco llega a su isla, muestra con orgullo el maíz y las hortalizas de hoja verde que cultiva. Sus antepasados tenían chinampas, pero tuvo que comprar esta porque, tradicionalmente, las mujeres no las heredan.
“Mi abuela no heredó tierras. En aquel entonces, la mayoría quedaba en manos de los hombres”, dijo. A su lado, Cassandra Garduño escucha atentamente. Ella tampoco heredó la chinampa familiar.
Hoy ambas forman parte de un pequeño pero creciente grupo de mujeres que han comprado chinampas para cultivarlas de forma sustentable en un esfuerzo por preservar un ecosistema cada vez más amenazado por el desarrollo urbano, el turismo masivo y la contaminación del agua.
Abrirse camino en una zona aún dominada por hombres no ha sido fácil. En las chinampas de los municipios de Xochimilco y San Gregorio Atlapulco, casi ninguna mujer trabaja la tierra.
“La gente cree que los hombres son los únicos con la capacidad física para trabajarlas”, dijo Garduño. El barro mancha su camisa rosa pálido, a juego con sus botas. Sabe que su atuendo provoca miradas extrañas entre los trabajadores veteranos de las chinampas, pero en lugar de molestarse, le parece divertido.
Tras años de ausencia, regresó a San Gregorio en 2021 para dedicarse al cultivo de chinampas. Había estudiado en la universidad y luego pasó largas temporadas en Ecuador trabajando en iniciativas de conservación para proteger a las mantarrayas y los tiburones. Un día, al regresar a San Gregorio, se sorprendió por la degradación de su tierra: el bajo nivel de agua de los canales, la creciente contaminación y las chinampas abandonadas.
La desconfianza entre los vecinos era palpable.
Dijeron: ‘A ver, esta chica nunca ha estado aquí, nadie la conoce. Y ya está haciendo lo que quiere'”, recordó.
Pero ella sabía mucho más de lo que pensaban.
Garduño había aprendido mucho de niña, correteando alrededor de la chinampa de su abuelo, un paraíso lleno de flores. Aprendió que el lodo del fondo de los canales es el mejor fertilizante porque contiene las cenizas ricas en minerales de los volcanes que rodean la Ciudad de México. Aprendió que plantar una variedad de cultivos evita que las heladas destruyan una cosecha entera y que las flores atraen a los insectos, por lo que no se comen la col ni la col rizada.
Compartiendo el conocimiento
“Las chinampas pueden tener hasta ocho rotaciones al año, mientras que en otros sistemas se pueden tener dos o tres”, explicó Garduño. Por eso, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reconoció a las chinampas como uno de los sistemas agrícolas más productivos del planeta. Hoy, su campo es una mezcla de colores: desde el verde pálido del brócoli hasta el amarillo intenso de las caléndulas.
Desde 2016 colabora con la Universidad Nacional Autónoma de México, asesorando a otros agricultores que quieren dejar de usar agroquímicos y recuperar estas prácticas tradicionales que además ayudan a preservar el ecosistema.
Arrodillada junto a un bancal, Garduño sugiere elevarlo para que no se inunde cuando llueva. Ordóñez toma nota. Compró esta chinampa hace tres años y ahora busca obtener la “Etiqueta Chinampera”, la etiqueta de sostenibilidad que otorga la universidad a los productores que, entre otras cosas, usan barro como fertilizante en lugar de agroquímicos. Con esta etiqueta, sus productos pueden venderse a precios más altos.
Son 16 agricultores los que han obtenido el sello, cuatro de ellos mujeres, explicó Diana Laura Vázquez Mendoza, del Instituto de Biología de la universidad, y agregó que el proyecto incentiva a las mujeres a “recuperar sus chinampas y producir”.
Limpieza de los canales
En las chinampas apoyadas por la universidad, se instalan filtros de plantas acuáticas para purificar el agua e impedir el paso de carpas y tilapias. Introducidas en Xochimilco en la década de 1980, estas especies invasoras se convirtieron en depredadores de los habitantes más distinguidos de este ecosistema: el ajolote mexicano, similar a una salamandra.
Hoy en día, este anfibio está al borde de la extinción debido a estas especies invasoras y a una combinación de factores que contaminan los canales: la descarga de aguas residuales del crecimiento urbano de la zona, el turismo masivo y el uso de agroquímicos en muchas chinampas.
“Las chinampas son un agroecosistema artificial creado para abastecer de alimentos a toda la población en la época prehispánica. Y perdura hasta nuestros días”, dijo Mendoza. “Así que la manera de conservar Xochimilco es también conservar la chinampa”
Pero un paseo por la zona cualquier domingo deja claro que hay menos chinampas dedicadas a la agricultura. Cada fin de semana, cientos de personas acuden aquí a jugar al fútbol en chinampas convertidas en campos o a beber a bordo de las trajineras, embarcaciones de vivos colores.
El impacto de esta transformación en el humedal es evidente: se han encontrado contaminantes, desde metales pesados como hierro, cadmio y plomo, hasta aceites, detergentes y pesticidas, según un estudio del biólogo Luis Bojórquez Castro, de la Universidad Autónoma Metropolitana. La mayoría proviene de las plantas de tratamiento que descargan sus aguas en Xochimilco y de las chinampas que utilizan agroquímicos, según el estudio de Castro.
Preservando lo que queda del pasado
“Miren qué cristalina es el agua”, dijo Ordóñez mientras se adentraba en el canal donde había instalado su biofiltro. Sabe que cuidar el agua es fundamental para preservar este ecosistema.
Este humedal es el último vestigio de lo que fue la gran Tenochtitlán, la capital del Imperio Azteca, construida sobre los lagos que antaño llenaban el Valle de México. Aunque hoy lo que queda de Xochimilco representa solo el 3% de la extensión original de dichos lagos, sigue siendo clave para la estabilidad de la ciudad
Si desapareciera, la temperatura promedio de la capital podría aumentar hasta 2 grados Celsius (3.6 Fahrenheit), según el biólogo Luis Zambrano. Xochimilco y San Gregorio también reducen las inundaciones durante la temporada de lluvias, constituyen una reserva natural de dióxido de carbono y albergan cientos de especies, como garzas y la rana Tláloc.
“¡Miren los pájaros de cabeza roja en la laguna!” exclamó Garduño, conduciendo a casa al anochecer por un camino de tierra después de un largo día en su chinampa.
Para ella, este sigue siendo el paraíso que recorría con su abuelo. Está convencida de que las mujeres son necesarias para preservar las chinampas y espera que dentro de 10 años, muchas más las posean y cuiden.
“Del trabajo compartido de mujeres y hombres podemos hacer lo que todos queremos, que es conservar lo que nos queda durante el mayor tiempo posible”, afirmó.









