Por favor, que sea gol!

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Por Diego Aguilar

A España se le escapa entre los dedos la posibilidad de levantar, por segunda vez en su historia, el maldito trofeo.

Argentina resiste.

Resiste como resisten los equipos que ya han sobrevivido demasiado como para caer ahora. Resiste un Dibu Martínez que ha convertido su portería en una frontera. Resiste una selección que no ha pateado al arco en 120 minutos, pero que ha hecho del partido una batalla de resistencia, de lucha, de cancherismo, como dirían nuestros amigos del sur.

Y resiste Lionel Messi.

Probablemente por última vez en un Mundial.

El último partido mundialista del niño de Rosario que llegó a Barcelona para convertirse en el mejor futbolista de su generación. El último partido del hombre que convirtió las finales en una religión personal.

Messi mira.

Lamine Yamal mira.

El mundo mira.

Y Ferran Torres está en el campo.

Ferran nació en Foios, Valencia. Llegó a la cantera del Valencia con siete años. Fue el primer futbolista nacido en el siglo XXI en debutar en LaLiga.

Se marchó al Manchester City. Llegó al Barcelona.

Llegó con una etiqueta.

Con la expectativa de ser importante.

Con la obligación de demostrar que el precio de su fichaje no era demasiado grande para él.

Y luego llegaron las lesiones.

Los minutos que no llegaban.

Los partidos en los que fallaba.

Las críticas.

La sensación de que su carrera vivía atrapada entre lo que prometía ser y lo que el mundo esperaba que fuera.

Ferran no sólo jugaba contra los defensas.

Jugaba contra la opinión pública.

Contra el Barcelona.

Contra sí mismo.

Y quizá por eso hay que recordar una imagen de la fase de grupos.

España ganaba 4-0 a Arabia Saudí. Ferran había marcado. O eso creía. El VAR revisaba la jugada.

Las cámaras lo encontraron.

No estaba protestando.

No estaba reclamando.

Estaba mirando al cielo.

Por favor, que sea gol.

Por favor, que sea gol.

Por favor, que sea gol.

El gol fue anulado.

La imagen, no.

Y ahora, semanas después, la pelota vuelve a caer hacia Ferran.

Nico Williams cabecea.

No hacia el arco.

Hacia el futuro.

La pelota se levanta apenas unos metros, pero en ese trayecto cabe todo.

Cabe la espera.

Cabe la crítica.

Cabe la lesión.

Cabe el banquillo.

Cabe el Barcelona.

Cabe aquel niño de Foios.

Cabe el futbolista que alguna vez tuvo que pedirle al fútbol que, por favor, le concediera un gol.

Y entonces el mundo vuelve a detenerse.

Como aquella tarde de verano en Sudáfrica.

Como hace dieciséis años.

Como cuando Andrés Iniesta quedó frente a una pelota que llevaba detrás la memoria de Dani Jarque.

También hay historias detrás de los hombres que aparecen en el instante exacto.

Iniesta tenía debajo de la camiseta de España el recuerdo de un amigo.

Ferran tiene encima de la camiseta de España todo lo demás.

Las dudas.

Las críticas.

Los años de espera.

La mirada de un país.

La mirada de tres presidentes de las grandes naciones de Norteamérica.

La mirada de Messi, que quizá está jugando su último partido mundialista.

Y la mirada de todos los que alguna vez hemos visto una final del mundo y hemos pensado:

¿Cómo sería tener esa pelota?

¿Cómo sería que todo dependiera de tu pie?

Ferran no tiene tiempo para pensarlo.

La pelota cae.

Acomoda el cuerpo.

El Dibu comete su primer y único error de la noche.

Se tira hacia abajo.

Ferran le pega con el botín izquierdo.

Con todo el empeine.

Como nunca.

Y entonces, Ferran.

Oh, Ferran.

Ese gol que tanto pedías en la fase de grupos.

Ese gol que tanto te estresó.

Ese gol que mirabas llegar mientras repetías, casi como una súplica:

Por favor, que sea gol.

Por fin llegó.

Y esta vez no tuviste que pedirlo.

Esta vez lo hiciste tú.

La pelota entra.

El MetLife explota.

España grita.

Y durante un instante, todos los caminos de la vida de Ferran Torres desembocan en el mismo lugar.

Foios.

Valencia.

Manchester.

Barcelona.

Las críticas.

Las dudas.

La espera.

El pie izquierdo.

El gol.

Esta vez no hubo VAR.

Esta vez nadie pudo borrarlo.

Esta vez la pelota vino hacia él.

Y él la mandó a la historia.

Llegó Ferran.

Y España volvió a ser campeona del mundo.

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