El origen y tradiciones detrás del Halloween

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Por Alexa Durán.

Antes de los dulces, trucos y disfraces, ya existía una noche en la que, según antiguas tradiciones gaélicas, la línea entre el mundo de los vivos y los muertos estaba más fina que nunca.

Su nombre era Samhain.

Pronunciado como sow-in (por alguna razón), Samhain era una festividad tradicional asociada con el final de la cosecha y el comienzo del invierno. En el calendario tradicional irlandés, el primero de noviembre marcaba el inicio de una nueva estación, así que las celebraciones comenzaban desde la noche anterior, el 31 de octubre.

El invierno representaba la llegada de la oscuridad, el final de los ciclos de la naturaleza y, dentro del folklore asociado a Samhain, un momento en el que los muertos y otros seres sobrenaturales podían rondar entre nosotros. Según el National Museum of Ireland, existía la creencia de que, durante esta noche, los espíritus de los muertos podían regresar a sus antiguos hogares y podían aparecer seres peligrosos. Por eso, algunas tradiciones incluían medidas de protección para el hogar y recomendaciones de evitar salir solo durante la noche.

Aunque no solo trataba de esto, también era una fiesta comunitaria con juegos, hogueras, disfraces y prácticas de adivinación. Algunas personas utilizaban máscaras o se disfrazaban para ocultar su identidad y asustar a los demás. Muchas de estas costumbres sobrevivieron, cambiaron de forma y terminaron formando parte de las tradiciones de Halloween; además, las máscaras y disfraces, las bromas, las hogueras, las historias sobre espíritus e incluso algunas costumbres relacionadas con pedir comida de casa en casa tienen antecedentes en prácticas documentadas en Irlanda y Escocia.

La transformación a lo que celebramos cada octubre ocurrió a lo largo de los siglos y también estuvo relacionada con la incorporación de nuevas tradiciones religiosas a regiones donde ya existían celebraciones estacionales. El 1 de noviembre pasó a ser el Día de Todos los Santos, mientras que la noche anterior se conoció como All Hallows’ Eve, es decir, la víspera de Todos los Santos.

Con el tiempo, All Hallows’ Eve se convirtió en Halloween. Pero Samhain no es un caso aislado.

En México, por ejemplo, el Día de Muertos está construido alrededor de la memoria y el regreso simbólico de los seres queridos fallecidos. En distintas regiones existen además celebraciones como el Xantolo, particularmente en comunidades de la Huasteca, donde la llegada de estas fechas transforma los espacios públicos, la música, la comida y la convivencia comunitaria.

Las formas son diferentes, las historias también y sería un error meterlas a todas en la misma categoría. Pero culturalmente, muchas sociedades han elegido una época del año para hablar de la muerte.

Quizá tenga sentido; el otoño y el inicio del invierno traen consigo cambios visibles en el paisaje, días más cortos y una sensación de cierre de ciclo. Para muchas culturas, ese momento también se convirtió en una oportunidad para recordar a quienes ya no están, reunirse con la comunidad y enfrentarse (a veces con respeto, a veces con humor y otras con miedo) a una de las cosas que más nos inquietan: nuestra propia mortalidad.
Por eso ciertos elementos de Halloween nos resultan tan familiares incluso cuando no pensamos en su origen. Samhain era una celebración del cambio de estación, de la comunidad y, dentro de las creencias que la rodeaban, de nuestra relación con la muerte y con lo desconocido.

 

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