¿A dónde va México?

Por Diego Aguilar
Me lo pregunto sin filias ni fobias, desde la mirada de un joven que ya no se cree los discursos, pero que sigue creyendo en su país.
Porque lo que veo no me da esperanza.
La llamada Cuarta Transformación no transformó nada.
Morena se convirtió en lo que decía combatir: un sistema de poder que encubre, que concentra y que corrompe.
Las refinerías no refinan, el IMSS sigue sin medicinas, y los escándalos se multiplican.
Ahí está el caso de Hernán Bermúdez Requena, detenido en Paraguay por presuntos vínculos con el crimen organizado; o el de Amílcar Olán, empresario cercano a los hijos del expresidente, señalado por recibir depósitos millonarios y contratos públicos mientras el país se hunde en la desconfianza.
Y nadie da la cara.
La presidenta guarda silencio. Adán Augusto, también. Y el país sigue igual: hundido en una espiral de impunidad, donde lo público se privatiza entre amigos y lo privado se enriquece de lo público.
Pero tampoco hay alternativa.
La oposición no existe.
El PRI es el fantasma de su propio fracaso: el partido que reprimió, censuró y asesinó estudiantes en Tlatelolco, que manipuló elecciones, endeudó al país y pactó con el narcotráfico durante más de 70 años de poder absoluto.
Con Carlos Salinas de Gortari, entregó los bienes públicos a manos privadas y consolidó una élite económica que sigue dominando al país; con Enrique Peña Nieto, llevó la corrupción a niveles obscenos: Odebrecht, la Estafa Maestra, Ayotzinapa, la Casa Blanca, y una red de impunidad que terminó por pudrir las instituciones.
El PRI no solo gobernó México: lo hipotecó.
El PAN heredó ese modelo con otro lenguaje.
Durante el sexenio de Felipe Calderón, la supuesta “guerra contra el narcotráfico” desató un infierno de violencia que aún no termina, con miles de muertos, desaparecidos y un país militarizado que perdió la paz.
Más recientemente, en la disputa electoral del año pasado.Movimiento Ciudadano se perdió entre selfies, jingles y discursos vacíos: Samuel García y Álvarez Máynez fueron más personajes de campaña que líderes reales.
Xóchitl Gálvez, la supuesta voz de la oposición , acabó repitiendo los mismos vicios de sus representantes : clasismo, racismo y resentimiento disfrazados de esperanza.
Todo suena nuevo, pero en el fondo es lo mismo:
Discurso vacío, simulación y la vieja obsesión por el poder.
El problema no es solo quién gobierna, sino cómo.
En México, la política se volvió una simulación permanente: un país donde el narco es poder económico, político y cultural.
Donde la violencia se normalizó y el cinismo se institucionalizó.
Donde ser joven y creer parece casi un acto de ingenuidad.
Aun así, yo creo.
Creo en la gente que madruga, en la que no roba, en la que trabaja, en la que estudia, en la que resiste.
Porque México no está condenado, está secuestrado.
Secuestrado por partidos que ya no representan a nadie, por un sistema político que huele a podredumbre y por una clase dirigente que no conoce la vergüenza.
Y si algo tiene que cambiar, no será con otra “transformación”, ni con otra bandera, ni con otro color.
Será cuando entendamos que el enemigo no es el pobre ni el rico, el blanco ni el moreno, el norte ni el sur.
El enemigo es el sistema.
Ese mismo que, como dijo el jefe Diego en aquel documental sobre el PRI,
“El corrupto nunca se fue, solo cambió de color la chamarra.”
Y quizá, esta vez, sea hora de quitárselas todas.
Instagram: @diegoaguiilar
X (Twitter): @DiegoAguilarTen










