Ahora nos toca ser Supermán!

Por Diego Aguilar
Hace no mucho volví a ver Superman, la reinterpretación dirigida por James Gunn. No fue solo otra película de superhéroes. Fue un espejo incómodo.
Hay una escena que no puedo sacar de mi cabeza.
En medio de una guerra, un niño levanta una bandera con el símbolo de Superman.
No grita. No exige. No hace política. Solo susurra. Cree que alguien, en algún lugar, puede escuchar el dolor del mundo.
Hoy, domingo por la tarde, escribo con varias pantallas abiertas. En una, redes sociales llenas de imágenes que todavía no sabemos si son reales.
En otra, portales internacionales que hablan de la presunta caída de Nemesio Oseguera Cervantes.
En otra más, reportes de bloqueos, incendios y tensión en distintas regiones del país.
Al momento de escribir estas líneas, la información sigue en desarrollo. Pero sí sabemos algo: durante años, autoridades mexicanas y estadounidenses señalaron a Oseguera como uno de los principales responsables de la expansión del Cártel Jalisco Nueva Generación, una estructura criminal que pasó de ser un actor regional a una red con presencia internacional, con operaciones en drogas sintéticas, extorsión y control territorial.
La experiencia reciente muestra que la caída de un líder criminal rara vez reduce la violencia; suele redistribuirla. Tras la captura de Joaquín Guzmán, lo que siguió no fue estabilidad, sino fragmentación, disputas internas y violencia más impredecible.
Lo que hoy parece un golpe estratégico puede convertirse mañana en una crisis local.
Y, aun así, lo que más me sorprende no es la violencia.
Es la normalidad.
El mundo se está yendo a la mierda y seguimos scrolleando.
Hace una década, una noticia así habría paralizado al país.
Hoy convive con memes, teorías y entretenimiento. La crisis se volvió paisaje. Nos acostumbramos a la emergencia como quien se acostumbra al ruido constante de una ciudad que nunca se calla.
Vivimos en la era de la saturación.
Nunca habíamos tenido tantos datos, tantas imágenes, tantos testimonios en tiempo real. Y, sin embargo, nunca habíamos estado tan paralizados. No porque no nos importe, sino porque todo parece demasiado grande. Demasiado lejano. Demasiado repetido.
El sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de la “modernidad líquida”: estructuras frágiles, certezas evaporadas, instituciones incapaces de sostener compromisos duraderos. Quizá eso es lo que sentimos. No solo miedo, sino inestabilidad permanente.
Lo mismo pasa en otros conflictos. En Gaza, tras más de un año de guerra, organismos humanitarios estiman decenas de miles de muertos, más de un millón de desplazados y una crisis prolongada.
La Organización de las Naciones Unidas ha documentado posibles violaciones al derecho internacional, pero también ha evidenciado sus límites estructurales: depende de la voluntad política de los Estados que la integran.
Cuando las potencias no coinciden, la institución se paraliza.
Las guerras modernas siguen siendo lo mismo que siempre: hombres poderosos tomando decisiones que terminan en la muerte de personas que nunca eligieron estar ahí.
Hace unos días, declaraciones de Kim Jong-un recordaron que el equilibrio global sigue dependiendo de líderes que concentran poder militar. Puede ser propaganda, presión diplomática o retórica estratégica, pero el simple hecho de que esas amenazas formen parte del discurso cotidiano revela la fragilidad del orden mundial.
Y luego está el caso de Jeffrey Epstein.
No como escándalo mediático.
Sino como síntoma.
Durante años, una red de abuso operó alrededor de él involucrando figuras influyentes de distintos ámbitos. Investigaciones, procesos judiciales y documentos públicos confirmaron algo inquietante: el poder puede convivir con la perversión durante mucho tiempo sin que el sistema lo detenga.
No es conspiración. Es registro judicial.
Hannah Arendt advirtió que el mal puede volverse banal cuando las estructuras lo normalizan. No siempre grita. A veces administra. A veces firma contratos. A veces sonríe en fotografías oficiales.
Eso es lo que desgasta.
No solo la violencia.
Sino su estabilidad.
Aquí aparece otra verdad incómoda: muchas de nuestras instituciones han fallado. No solo a nosotros, sino a comunidades enteras que viven bajo la violencia. Lo mismo puede decirse de las instituciones internacionales que prometen paz, pero no logran detener la guerra.
Y cuando las instituciones fallan de manera sistemática, no solo pierden eficacia. Pierden legitimidad.
Ahí nace el cinismo.
Ese que nos hace encogernos de hombros.
Ese que nos convence de que nada cambia.
Ese que nos vuelve espectadores permanentes.
Por eso regreso a Superman vs. The Elite.
En esa historia, el debate no era sobre fuerza. Era sobre método. La Élite defendía la violencia como solución pragmática. Si el mundo es brutal, decían, la respuesta debe ser brutal.
Muchos aplaudían.
Superman no negaba la oscuridad. Negaba la resignación.
Albert Camus escribió que la verdadera rebelión no nace del odio, sino de la negativa a aceptar la injusticia como destino. Resistir no es destruirlo todo. Es negarse a volverse indiferente.
Tal vez la esperanza no sea ingenuidad.
Tal vez sea disciplina moral.
Tal vez el mundo siempre ha estado al borde del abismo.
Lo nuevo es que ahora lo vemos en tiempo real, en alta definición, con notificaciones activadas.
Pero incluso ahora, incluso en medio del ruido, algo sigue siendo cierto:
la alternativa al ideal no es la paz.
Es el vacío.
Y mientras ese vacío no nos devore por completo, mientras todavía exista la capacidad de indignarnos, de imaginar algo distinto, de educar distinto, de actuar distinto, no todo está perdido.
Tal vez los sueños no nos vuelven ingenuos.
Tal vez los sueños nos salvan.
Tal vez los sueños si nos elevan el espíritu.
Tal vez los sueños de un mejor mañana si nos ayudan.
Tal vez son lo único que nos mantiene humanos.
Tal vez si vale la pena levantarse e intentar ser mejor persona.
Y tal vez, en algún lugar, ese niño sigue levantando la bandera.











