El nihilismo de Owlman

Por Diego Aguilar
Un hombre observa el universo desde una consola.
Frente a él hay un botón capaz de destruir toda la existencia.
No está enojado. No busca venganza. No quiere poder.
Solo quiere demostrar un punto.
Ese hombre es Owlman.
Para quien no consume cómics ni cultura pop, basta saber lo siguiente: es la versión oscura de uno de los héroes más conocidos del imaginario moderno. Si el original cree en el orden, la justicia y la responsabilidad, Owlman representa la conclusión contraria. No cree en el bien, ni en el mal, ni siquiera en el sentido.
En Justice League: Crisis on Two Earths, explica su lógica con una frialdad casi científica. Si existen infinitas realidades, cada decisión que tomamos genera universos alternos. Eso significa que cualquier elección ya fue hecha en algún lugar. Si todo ocurre, elegir deja de ser relevante. El libre albedrío se convierte en una ilusión.
Y entonces llega su frase: no importa.
Puede parecer solo una línea de villano animado, pero en realidad es el resumen de una de las crisis filosóficas más profundas de la modernidad. Cuando Friedrich Nietzsche habló de la “muerte de Dios”, no anunciaba el fin de la fe, sino el colapso del sistema que organizaba la vida. Durante siglos, las sociedades vivieron bajo la idea de que el mundo tenía un orden claro: valores, jerarquías, certezas. Cuando esas certezas se debilitan, la libertad aparece… pero también la pregunta incómoda: si nada está dado, ¿por qué debería importar lo que hago?
Ahí nace el nihilismo. No como una pose oscura, sino como una consecuencia lógica. Si no existe un sentido previo, el mundo puede parecer arbitrario.
Pero el nihilismo no es el final de la historia. Filósofos como Albert Camus partieron de la misma premisa: el universo no ofrece respuestas claras. La diferencia es lo que viene después. Para Camus, el absurdo no debía llevar a la destrucción, sino a la afirmación de la vida. Si no hay sentido predeterminado, entonces cada persona tiene la responsabilidad —y la libertad— de construir el suyo.
Esta idea no es exclusiva de la filosofía europea. Tradiciones mucho más antiguas, como el budismo o el pensamiento hindú, partieron de otro ángulo. No intentaron responder por qué existe el sufrimiento, sino cómo convivir con él. Su diagnóstico es sencillo y radical: el sufrimiento nace del apego, de creer que todo debe ser permanente, controlable o absoluto.
Desapegarse no significa que nada importe. Significa comprender que el valor de las cosas no depende de que duren para siempre.
Aquí aparece un contraste interesante. El nihilismo concluye que, si nada es absoluto, nada tiene valor. El desapego espiritual sugiere lo contrario: precisamente porque nada es permanente, cada momento adquiere peso.
La cultura contemporánea oscila entre estas dos posturas. Por un lado, la idea de que todo es relativo; por otro, la búsqueda de bienestar, conciencia y sentido personal. Nunca habíamos tenido tantas opciones, tantas versiones posibles de vida, tantas narrativas compitiendo por nuestra atención. Y, sin embargo, nunca había sido tan difícil decidir quién queremos ser.
En ese contexto, Owlman no es solo un personaje de ficción. Es una metáfora de una inquietud muy real. ¿Qué pasa cuando la lógica nos lleva a pensar que nuestras decisiones no cambian nada? ¿Qué pasa cuando el exceso de posibilidades convierte la libertad en parálisis?
Tal vez nunca sabremos si somos realmente libres o si nuestras elecciones están determinadas por fuerzas que no controlamos.
Pero incluso si el universo fuera tan indiferente como sugiere Owlman, hay algo que su razonamiento no puede anular:
este sigue siendo el único mundo que podemos habitar.
Y, por eso, el verdadero desafío no es demostrar que nada importa.
Es vivir como si nuestras decisiones sí tuvieran consecuencias.










