La otra versión de Cumbres Borrascosas

Por Alexa Durán.
Con Jacob Elordi y Margot Robbie como Heathcliff y Catherine, volvió el debate este 2026: ¿cuál es la mejor adaptación de Cumbres Borrascosas?
Quizás ninguna. O al menos, ninguna de las que pensamos.
Hay múltiples interpretaciones de este clásico: la película de 1939, versiones televisivas y juveniles, algunas de estas siguiendo directamente la historia y otras… teniendo más libertades creativas.

Algo que la mayoría tiene en común es que intentan convertirla en un romance trágico, centrándose en la pasión imposible entre Catherine y Heathcliff.
Sin embargo, el libro no lo es; trata de un ciclo de violencia y abuso generacional que eventualmente se rompe con Cathy Linton y Hareton.
Además, muchas versiones eligen ignorar uno de los factores más relevantes de la novela: el origen racial de Heathcliff. Es descrito con piel oscura y rasgos que lo marcan como extranjero, incluso como romaní.
Y no es un detalle meramente estético, es el fundamento del rechazo que sufre desde su infancia. Su diferencia racial y social es lo que lo convierte en blanco constante de humillación.
Heathcliff no tiene apellido legítimo ni herencia, pero su marginación no puede desligarse del hecho de ser racializado en la Inglaterra del siglo XIX. Convertirlo en un héroe romántico convencional diluye esa dimensión central del conflicto.
Y es, en gran medida, la razón por la que no puede estar con Catherine. Ella misma lo reconoce: casarse con Heathcliff significaría degradarse socialmente.
No es solo pobreza; es estatus, pertenencia y respetabilidad.
Con Isabella Linton la lógica es distinta: Isabella huye con él desafiando a su familia, y el escándalo social se vuelve casi secundario frente a la violencia del matrimonio.
Pero con Catherine, su ambición pesa más. Ella no quiere vivir como marginada. Heathcliff puede marcharse y regresar con dinero, puede adquirir propiedad y posición; lo que no puede cambiar es la marca racial y social que lo persigue. Su fortuna modifica su clase, pero no borra el prejuicio.

La adaptación más reciente presenta, además, otros problemas. Emerald Fennell explicó que no buscaba hacer una versión fiel, sino reinterpretar la historia desde lo que ella imaginó al leerla a los catorce años. Eso, en sí mismo, no es negativo.
El problema es que en el proceso se pierde la esencia del texto. Se enfatiza el amor pasional y se suaviza el deterioro moral de Heathcliff. Sí, fue incomprendido; pero también se convirtió en un hombre cruel y abusivo con su esposa, su hijo y Cathy Linton. Parte de la potencia de la novela está en mostrar cómo el abusado puede transformarse en abusador.
Esto no es exclusivo de esta versión. Muchas películas se concentran en el aspecto trágico y omiten que los personajes no están diseñados para que el lector tome partido.
En realidad no hay héroes ni villanos absolutos. Todos son capaces de crueldad y vulnerabilidad. De hecho, varias adaptaciones eliminan por completo la segunda generación y se quedan solo con Catherine y Heathcliff, simplificando así la estructura moral del libro.
No se trata de satanizar las películas, pero tampoco de asumir que representan fielmente la obra cuando omiten elementos esenciales. Tal vez el problema es el formato: condensar una novela tan compleja en dos horas implica simplificarla. Lo que suele sacrificarse no es la trama en sí, sino su peso moral.
Sin embargo, existe otra versión de Cumbres Borrascosas sorprendentemente fiel a su espíritu. Y no es una película.
En 1978, Kate Bush lanzó “Wuthering Heights.” No es una adaptación en sentido tradicional. Es algo más radical: una apropiación emocional del texto.

La canción adopta la perspectiva del fantasma de Catherine Earnshaw y, con la voz aguda de Bush, adquiere un tono verdaderamente espectral. No romantiza la historia ni la erotiza. Catherine regresa, pide entrar, reclama a Heathcliff; eco directo de esa escena en la que él le suplica que lo embruje con tal de no perderla del todo.
El fantasma no es solamente un recurso poético. Es la materialización del pasado que no puede enterrar. Incapaz de amar libremente, termina replicando el daño que lo marcó. Más que una romantización, realmente representa el amor hacia la fallecida Cathy como su condena.
Precisamente por su complejidad, difícilmente tendremos una versión realmente fiel al libro. Pero en cuatro minutos, Kate Bush logró condensar la esencia verdadera del texto y por eso, para mi se lleva la medalla.
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