MVP: Más Vale Prudencia

Por Diego Aguilar
“Falso MVP”, leí al acabar el Monday Night Football entre los Detroit Lions y los Tampa Bay Buccaneers.
El tuit venía de una cuenta con miles de seguidores, una de las más populares en el país: Americano a lo Mexicano.
No me sorprendió. En esa cuenta el amarillismo no es excepción, es norma.
Hace menos de diez días habían candidateado a Baker Mayfield como favorito indiscutible al MVP, y de pronto era un fraude monumental.
Así funciona el nuevo periodismo deportivo: bipolar, instantáneo y sin memoria.
Cada domingo el feed se llena de titulares reciclados.
“El peor quarterback de la historia”, “lo humillaron”, “fracaso total”.
Ya no se analizan partidos, se fabrican indignaciones.
El deporte se volvió un programa de chismes, donde los insultos venden más que las ideas.
Y sí, a veces hasta quienes intentamos hacer análisis caemos en la trampa: los ganchos funcionan, el algoritmo premia la rabia, y el ruido se confunde con alcance.
Pero, ¿hasta dónde se puede ser provocador sin volverse amarillista?
Esa es la pregunta incómoda.
Porque no solo los medios empujan ese tono: el público lo alimenta.
Las redes están llenas de comentarios que destilan odio y cero comprensión lectora.
La gente ya no busca entender, solo confirmar su enojo.
Vivimos en una conversación deportiva donde el criterio importa menos que el volumen.
El algoritmo quiere sangre, no argumentos.
Y ese mismo virus ya alcanzó al periodismo profesional.
Lo que está pasando en ESPN es prueba de eso: una crisis que combina decisiones corporativas con la pérdida total de identidad editorial.
Despedidos extraños , programas recortados, voces emblemáticas reemplazadas por gritos sin fondo.
El contenido se regionalizó, se volvió más barato, más vacío.
Antes los estudios de ESPN Latinoamérica —con producción argentina o estadounidense— ofrecían debate, contexto y análisis real.
Hoy priorizan clips de TikTok y debates prefabricados que duran lo que un highlight.
Incluso casos como el de Gibrán Araige, reportero de Televisa vetado por el propio Javier Aguirre, muestran hasta qué punto se ha deteriorado la relación entre prensa, figuras y audiencias.
El periodista ya no incomoda: estorba.
Vivimos una crisis de criterio, una crisis política y, sobre todo, una crisis de amarillismo.
Del tuit incendiario al estudio de ESPN, el deporte dejó de narrarse y empezó a gritarse.
Nos acostumbramos a la euforia instantánea, al titular vacío, al escándalo del día.
Y quizá el reto no sea dejar de emocionar —porque de eso se trata el deporte—, sino aprender a emocionar con sustancia.
El periodismo deportivo no está muerto; solo se volvió un reality show.
Y si el juego se volvió ruido, habrá que aprender a narrarlo sin gritar.
Por Diego Aguilar
Instagram: @diegoaguiilar
X (Twitter): @DiegoAguilarTen









