Pan del mismo horno

Romero, Taboada y el regreso del viejo molde azul.
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Por Diego Aguilar

El PAN marchó recientemente en la Ciudad de México bajo la consigna de una renovación: nuevo logo, nuevo lema y, según ellos, un nuevo comienzo. Pero como en la caverna de Platón, quizá no miramos la luz, sino las sombras que proyectan los mismos de siempre.

Hoy quiero hablarles de los OCEAN, la facción interna que controla al PAN y que extiende su influencia sobre buena parte de la Ciudad de México.

Este grupo político —llamado así por las reuniones que sus miembros solían tener en un restaurante con ese nombre— ha sido descrito por la prensa como una red de poder tejida desde hace más de una década.

Su figura central es Jorge Romero Herrera, actual dirigente nacional del PAN desde noviembre de 2024.

Antes fue jefe delegacional de Benito Juárez y coordinador de la bancada panista en la Cámara de Diputados.

Su nombre aparece en múltiples investigaciones periodísticas y ministeriales sobre lo que se conoce como el cártel inmobiliario de Benito Juárez, una red de corrupción, tráfico de influencias y construcción irregular de inmuebles en la capital.

Entre los señalados están Christian von Roehrich, exalcalde de Benito Juárez y uno de los fundadores del grupo, quien fue detenido y vinculado a proceso; Santiago Taboada, Luis Mendoza, Mauricio Tabe y otros políticos cercanos a Romero, todos parte del mismo entramado político.

El escándalo alcanzó su punto álgido en agosto de 2021, cuando la explosión causada por una lavadora mal instalada en un edificio de la zona dejó un muerto y casi treinta heridos.

Ese accidente destapó las irregularidades de construcción y los nexos entre empresarios y funcionarios locales.

Desde entonces, la red OCEAN ha sido señalada como el rostro del poder real detrás del PAN capitalino.

Lo inquietante es que hoy ese mismo grupo concentra más poder que nunca. Tras la salida de Marco Cortés y su aliado Ricardo Anaya de la dirigencia nacional, Romero tomó el control absoluto del partido, extendiendo su influencia sobre senadores y diputados en todo el país.

La reciente marcha nacional y el relanzamiento del partido —con su nuevo logo y discurso de “renovación”— no parecen ofrecer nada distinto.

La oposición no se ha reinventado, como ya se vio con Xóchitl Gálvez en las elecciones pasadas: los mismos rostros, la misma receta, sólo con otra envoltura.

El ciudadano común sigue siendo un prisionero político, atrapado en la caverna de la ilusión electoral.
Solo ve las sombras proyectadas por el fuego del espectáculo: rebrandings, slogans, actos masivos y discursos de unidad.

Platón decía que los hombres en la caverna confunden las sombras con la verdad.

Hoy, el fuego del PAN ilumina un escenario de cartón: edificios mal construidos, contratos sin transparencia, un partido sin autocrítica.

Afuera de la caverna está la realidad; adentro, el fuego sigue ardiendo, proyectando el mismo logotipo de siempre, pintado de azul pero más brillante.

La política es el arte de crear sombras donde no hay luz. Pero también debería ser el oficio de servir al ciudadano.

Y el PAN, hoy, no tiene ni la credibilidad ni la autoridad moral para hablar de renovación.

Lo uso como ejemplo, pero el diagnóstico es general: el PRI, Morena y todo el resto del menú político mexicano siguen saliendo de la misma cocina…

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