Ser una interrogante irresistible

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Por Diego Aguilar

Dios obra de maneras misteriosas. Es una frase que escuché toda la vida y que, siendo sincero, nunca terminé de entender del todo.

Durante mucho tiempo pensé que primero venía la idea y luego la experiencia. Hoy sé que, al menos en la fe, a veces ocurre al revés.

En Schoenstatt existe un ideal que habla de ser una interrogante irresistible: vivir de tal manera que la fe no se imponga ni se explique con discursos, sino que provoque preguntas.

Que el otro no se sienta convencido, sino interpelado. Tal vez eso —y no otra cosa— es lo que empecé a entender en estos días.

Siempre he pensado que vale la pena hacerse preguntas incómodas y dar la cara cuando llegan las respuestas. Abrirse de corazón y de mente para aventurarse a lo nuevo. Y esta historia —anécdota, reflexión o como quieran interpretarla— es una más de ellas.

Hace seis meses escribí desde una dialéctica profundamente materialista, con una postura política y ruda sobre las misiones.

Más que una crítica, fue una observación honesta desde otro católico.

Supe de primera mano que no fue bien recibida. Puse el dedo en una llaga que no todos estaban dispuestos a mirar.

Con ese antecedente llegué a Frates Fideles 2025.

Llegué con una historia encima, sabiendo que para algunos yo era el crítico, el raro, el que venía de afuera, aunque llevara más de cinco años caminando dentro de la Iglesia.
Llegué con la sensación de estar marcado, como quien entra a un cuarto sabiendo que su nombre ya fue pronunciado antes.

Y aun así fui. Porque hay veces en las que decir que sí es una forma de fe.

Los primeros días me costaron más de lo que estaba dispuesto a admitir. Construir una capilla, aprender a mezclar, a repellar, a pintar, a trabajar la tierra con pico y pala.

Yo me dedico a los medios, a la cultura, a las ideas.

Esto fue un aterrizaje brusco en la materia, una reconciliación forzada con el cuerpo y con el límite.

Mi cuerpo tampoco ayudó.

Hubo momentos en los que simplemente no dio más. No por flojera ni por falta de voluntad, sino porque hay fronteras que no se negocian.

La tendinitis, los tobillos y las articulaciones de los dedos me gritaban parar. Y era justo ahí cuando más quería apretar.

Cuando más cerca sentía a la Mater. Aceptar eso —en un espacio donde todos empujan, cargan y construyen— fue una lección de humildad desnuda.

En la obra sonaba Oasis. Y sin buscarlo demasiado, ese coro insistente —you gotta make it happen— me recordó que ninguna teoría, por lúcida que parezca, sirve de mucho si no se pone el cuerpo y se sale a vivirla.

Llegué con una vulnerabilidad que nunca había sentido: de cuerpo, de alma y de espíritu.

Y sin buscarlo del todo, aquí me reencontré con Dios.

No como una idea ni como un concepto, sino como una presencia que se filtra en los gestos pequeños, en el cansancio compartido y en el silencio después de la jornada.

No escribo esto como propaganda política ni religiosa. Lo escribo porque, como alguien que habita entre las humanidades y la espiritualidad, pocas veces me había sentido tan lleno.

Llegué siendo un hombre de poca fe.

Y las oraciones de la mañana y de la noche —donde uno se presenta cansado, vulnerable y sin disfraces— fueron también un punto de quiebre silencioso, de esos que no hacen ruido pero se quedan.

Las historias compartidas y el amor sincero de mis hermanos misioneros fueron haciendo espacio.

El punto de quiebre no llegó en un visiteo concreto, sino en la suma de varios encuentros.

En uno de esos momentos que solo se dan en misión, llevé a la Mater —Virgen Peregrina— en brazos y acompañé a una mujer cuyo nombre no importa.

Ver cómo puso la mano sobre la imagen, cómo se le escapó una lágrima, cómo se sintió vista.

Ese gesto mínimo, casi imperceptible, me quebró. Porque en ese instante entendí que la fe no siempre se grita: a veces simplemente se deja tocar.

No reniego del texto que escribí hace meses. Lo sigo considerando honesto: válido en unas cosas, insuficiente en otras.

Hoy sé que estaba incompleto.

La crítica sin experiencia se queda corta; la experiencia sin pensamiento camina a oscuras.

Aquí, entre el polvo, el dolor y el afecto, encontré un punto medio.

No salgo de estas misiones con respuestas definitivas.

Salgo con una fe más frágil, pero más viva.

Con menos certezas, pero con más disposición a dejarme tocar. No me llevo conclusiones cerradas. Me llevo una pregunta que no me deja en paz. Y, por primera vez en mucho tiempo, eso me basta.

Por eso sé que esto no termina aquí. Que en México,Luz de María, cuando las misiones se vivan más desde el visiteo y la espiritualidad que desde la chamba material, ahí estaré.

No como alguien que ya entendió todo, sino como alguien dispuesto a seguir caminando

En una columna tradicional, aquí terminaría el texto. El arco narrativo está completo. Pero quiero decir algo más. Un agradecimiento. Porque cuando uno está verdaderamente agradecido, lo dice sin miedo a repetirlo.

A Diego Rosales.

Diego, tú fuiste el primero que, antes de sumarte a la carrilla, te acercaste con una sensibilidad que no se improvisa.

Me preguntaste cómo estaba cuando más lo necesitaba.

En esos primeros días —que solo Dios, tú y yo sabemos cómo se vivieron— estuviste ahí.

Fuiste el primero en darme la mano.
El primero en tener detalles de servicio hacia mi persona.

El primero en entender lo que quería decir cuando ni yo lo tenía del todo claro.
El primero en abrazarme cuando lloré.
El primero en decirme: “tocayo, ¿en qué te ayudo?” “tocayo, descansa.”

Conforme fui entendiendo lo que significa ser un hermano fiel —y hacer de la propia vida un cáliz— lo fui encontrando. Pero tú fuiste el primero.

Diego, sé que la Mater pasó a través de ti. Y agradezco haber venido a estas misiones y haber construido una amistad que, como las cosas verdaderas, no necesita explicación.

Te quiero, hermano.

.Nada sin Ti. Nada sin nosotros.

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