Un mundo indiferente

0
570

Por Diego Aguilar

México está bajo el agua. Veracruz y varias zonas del centro y este del país enfrentan lluvias torrenciales que han dejado comunidades incomunicadas, carreteras destruidas y decenas de muertos.

Oficialmente se habla de 64 fallecidos y 65 desaparecidos, pero los rumores, las fotos que circulan y los testimonios locales pintan un panorama mucho más devastador.

Incluso periodistas nacionales como Joaquín López-Dóriga han informado que en San Luis Potosí, en la Huasteca, también hay damnificados, recuentos de cuerpos y rumores sobre cientos de cuerpos sin reclamar, especialmente se habla de universitarios veracruzanos y afectados otras instalaciones.

La información oficial parece mínima frente a la realidad que muestran las redes, los ciudadanos y los relatos que llegan desde las zonas afectadas.

Y ahí es donde emerge un segundo desastre: nuestra insensibilidad. Nos convertimos en espectadores de la tragedia.

Deslizamos fotos, leemos cifras, compartimos rumores, y luego seguimos con nuestra vida.

Nos acostumbramos.

El morbo y la repetición nos adormecen.
La tragedia ajena se vuelve rutina.

La psicología nos explica que nuestra mente prioriza estímulos intensos: miedo, placer, sorpresa.

Pero cuando esos estímulos se repiten constantemente —violencia, muerte, catástrofes— la mente se protege desactivando la empatía.

La desensibilización funciona como escudo, pero también nos aleja de la indignación necesaria.

Filósofos como Theodor Adorno y Walter Benjamin ya advertían sobre esto. Benjamin decía que la repetición y reproducción masiva de imágenes adormece nuestra percepción; Adorno que la industria cultural convierte el dolor en mercancía.
Hoy vivimos eso en tiempo real: tragedia convertida en tuit, muerte convertida en GIF, sufrimiento convertido en noticia que dura segundos.

Pero esto no es solo teoría.

Hoy, en Veracruz, los cuerpos esperan reconocimiento, los damnificados esperan ayuda, y las autoridades parecen medir la tragedia con cifras que no coinciden con la realidad.
Las fosas, los rumores, las fotos virales: todo nos muestra que la negligencia no solo existe, sino que está normalizada.

Si algo queda claro, es que la desensibilización no solo se mide en likes o en el morbo de las redes: está también en nuestra capacidad de indignarnos frente a la injusticia, frente al dolor ajeno, frente a la negligencia.

Cada deslizar, cada “scroll”, es un pequeño paso hacia la indiferencia.

Y ahí uno entiende la lección más dura: lo que sucede con los cuerpos no reclamados, con la negligencia y el encubrimiento de la tragedia, es una advertencia clara.

Porque si no reaccionamos, si dejamos que la indiferencia nos adormezca…

Lo que practican en Gaza puede suceder en el patio de tu casa.

México está bajo el agua, pero también bajo un velo de insensibilidad que nos amenaza tanto como las lluvias.

La tragedia debería despertarnos, hacernos sentir, exigir respuestas y humanidad. La insensibilidad es silenciosa, pero letal.

Y sin embargo, la sensibilidad sigue ahí, aunque adormecida.

Se revela en el gesto de un vecino que ayuda, en la indignación de quien comparte la noticia para alertar, en la mirada de quienes no pueden ignorar lo que sucede. La crisis nos recuerda que sentir todavía importa.

Que indignarse todavía es un acto de vida.

La responsabilidad no termina en la indignación digital: exige acción, exige memoria, exige que no dejemos que la tragedia se convierta en rutina.

Porque si la indiferencia sigue creciendo, si el morbo sigue ocupando el espacio de la empatía, el costo no será solo estadístico: será humano.

Sígueme en redes:
Instagram: @diegoaguiilar
X (Twitter): @DiegoAguilarTen

Compartir en:
TagsMEXICO

Leave a reply