Villoro y el país que se entiende en una cancha

Por Diego Aguilar
En México hay muchas formas de explicar el país.
Una de las más precisas dura noventa minutos y se juega con un balón.
Eso lo entendió mejor que nadie Juan Villoro.
Más que un autor, Villoro es un lector de la realidad. Ha construido una obra donde la intelectualidad, la vida cotidiana y el deporte no se contradicen, sino que se cruzan. Porque si alguien ha sabido ver que lo cotidiano también merece épica, es Villoro. Y el fútbol —ese territorio que muchos todavía insisten en mirar por encima del hombro— es una de sus formas más puras.
Para Villoro, el fútbol no es un juego. Es una fábrica de historias humanas.
Un partido dura noventa minutos, pero se cuenta durante años. Una jugada que apenas existe unos segundos puede convertirse en conversación infinita. Ahí está la clave: el fútbol es literatura en tiempo real.
Y, como toda buena literatura, también revela quiénes somos.
Porque el fútbol es un espejo. Expone la desigualdad, la corrupción, la ilusión colectiva. A veces importa más el negocio que el juego. Y en ese reflejo, México aparece con una claridad incómoda: una afición profundamente apasionada sostenida por una estructura profundamente fallida.
No es casualidad.
Hay algo en la psique colectiva del mexicano que se repite. Nos gusta la fiesta, pero no siempre el significado. Somos profundamente religiosos, pero muchas veces vaciamos lo espiritual en ritual. Nos conmueve la esperanza, incluso cuando sabemos que está mal construida.
El fútbol replica todo eso.
Por eso la afición mexicana no es espectadora: es protagonista trágico. Sufre más que los jugadores. El famoso “sí se puede” es, en el fondo, la aceptación de que casi nunca se puede. Es la fe del que insiste, incluso sabiendo.
Ahí aparece uno de los grandes hallazgos de Villoro: entender al aficionado como un héroe condenado, un arquetipo que se repite en toda cultura. Desde Paul Atreides hasta Anakin Skywalker, nos obsesionan esas figuras que cargan con la promesa del cambio… y con la inevitabilidad de la caída.
El fútbol también vive en esa tensión.
Es un deporte cada vez más medido, más táctico, más analizado. Pero su grandeza sigue estando en lo que no se puede controlar: el error, la improvisación, la locura creativa. El fútbol sobrevive porque no puede domesticarse del todo.
Aunque lo intenten.
Porque el dinero ha empezado a distorsionarlo todo: desigualdades brutales, mercados que deciden estilos, identidades sacrificadas por negocio. El fútbol ya no siempre se juega: muchas veces se administra.
Y aun así, resiste.
Villoro desmonta esa idea fácil —y profundamente equivocada— de que el fútbol es una forma menor de cultura. Es popular, sí. Pero también es simbólico. Narrarlo es, en el fondo, narrar la condición humana.
Por eso, en realidad, no escribe de fútbol.
Escribe de nosotros.
Entendió algo que pocos han podido nombrar: México se explica mejor en una cancha que en un congreso. Es el único lugar donde seguimos gritando “sí se puede”, incluso sabiendo que no se puede.
En ese gesto —absurdo, terco, profundamente humano— está todo.
Porque en México el fútbol no se juega: se padece. Cada partido es una promesa incierta. Y el balón, más que rodar en la cancha, rueda en la memoria.
Para quien quiera entrar a su obra, ahí están libros como Dios es redondo, Balón dividido o El testigo. Pero más que títulos, son puertas a una forma distinta de mirar.
Este viernes, a las seis de la tarde, en la Feria del Libro de San Luis Potosí, estará Juan Villoro presentando su nueva obra. Lo acompañará mi padre, Jesús Aguilar.
Porque hay escritores que cuentan historias.
Y hay otros que te enseñan a ver.
Villoro es de los segundos.
Y mañana, va a estar aquí.












