Vivir con TOC: una mente en bucle

0
441

Por Alexa Durán

Octubre está por terminar, y aunque no muchos lo saben, es el mes de concientización sobre el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).

No suelo escribir sobre estos temas, pero este es uno que afecta a muchas personas y que, a pesar de eso, sigue rodeado de mitos y desinformación. 

Me gustaría hablar de él desde la perspectiva de alguien que lo vive.

Cuando se menciona este trastorno, muchos piensan en alguien obsesionado con la limpieza o con miedo a los gérmenes; personajes rígidos y meticulosos como Adrian Monk o Sheldon Cooper son la imagen más común.

También se ha vuelto habitual escucharlo como una broma o rasgo de personalidad: “me da TOC” cuando un cuadro en la pared está chueco o ven un texto que no está perfectamente alineado.

Pero no se trata solo de ser ordenado o escrupuloso. Ojalá fuera tan simple.

Tener preferencias de limpieza o simetría no significa tener un trastorno. A todos nos incomoda ver algo fuera de lugar, pero vivir con una mente que constantemente repite, duda o teme es otra cosa. Es sentir que si no haces algo —aunque sepas que no tiene sentido— algo malo podría pasar.

La manera más sencilla de explicarlo es que se trata de pensamientos intrusivos y repetitivos (obsesiones) que generan ansiedad, y de acciones o rituales (compulsiones) que realizamos para calmarla.

Por ejemplo, podrías pensar “si no toco la mesa tres veces, alguien que quiero se enfermará”, y aunque sabes que no es lógico, hacerlo te da un respiro momentáneo.

Cada persona lo vive distinto. Hay quien repite frases en su cabeza, quien cuenta los pasos al caminar o quien necesita que todo esté perfectamente alineado.

Hay quienes sí se obsesionan con la limpieza, y otros a quienes no nos preocupa en absoluto.

Yo, por ejemplo, no puedo dormir hasta que la hora y la batería de mi celular estén en números pares simultáneamente, pero no me molesta tener toda mi ropa tirada en el suelo.

Estas acciones, al final, son voluntarias, pero no por gusto. No es como el síndrome de Tourette, donde los movimientos son involuntarios; aquí sabes que podrías no hacerlo, pero la ansiedad se vuelve insoportable.

Los pensamientos intrusivos son ilógicos y sabemos que no son reales, pero el cuerpo reacciona como si lo fueran. Es un miedo irracional que se siente completamente racional. 

Las compulsiones son una forma desesperada de intentar recuperar el control. Cumplirlas es la única manera de quitarnos ese miedo; no hacerlas, en cambio, puede llevarnos a una angustia insoportable; se siente una urgencia imposible de ignorar.

Y por más que sepamos que nuestras acciones/rituales no pueden cambiar el curso de las cosas, hay una parte de la mente que se resiste a creerlo.

Durante años pensé que solo eran peculiaridades de mi personalidad, hasta que a los 17 recibí el diagnóstico.

Hubo una época en la que sentía que el trastorno tenía control sobre mi vida, y no al revés.

Incluso hoy hay cosas que no puedo hacer: no puedo ignorar las cadenas de Whatsapp que prometen mala suerte si no la mandas a 10 personas, no puedo cantar la letra de “Superstition” de Stevie Wonder sin que mi cabeza me advierta que quedaré ciega (lástima, es una gran canción) y no puedo subir escaleras sin contarlas de par en par. 

Suena irracional. Lo es. Pero así es como funciona mi mente: rara vez se queda quieta; siempre repite, duda, confirma. Mi vida con este trastorno se basa en rutinas… en un bucle.

Esta no es una columna de neurología ni un texto científico, sino mi experiencia personal con un trastorno que a menudo se malinterpreta. No se trata de ser meticuloso o exagerado; es una condición que afecta la forma en que pensamos, sentimos y actuamos cada día.

Sé que no es fácil de comprender; tal vez solo quien lo vive —o quien lo estudia de cerca— puede entenderlo por completo.

Aun así, creo que todos podemos aprender a mirarlo con respeto y compasión. Hablarlo, nombrarlo y tratar de entenderlo… también es una manera de romper el bucle.

Compartir en:

Leave a reply