La tragedia de Avellaneda

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-Por Diego Aguilar

Un nuevo episodio de violencia sacude al fútbol latinoamericano. La U de Chile e Independiente protagonizaron una tragedia que rebasó lo deportivo durante el partido de octavos de final de la Copa Sudamericana el miércoles por la noche. Lo que debía ser un encuentro vibrante terminó convertido en un campo de batalla, recordando la pesadilla de Querétaro vs Atlas en 2022.

La organización falló desde el inicio. A la barra de la U se le colocó por encima de la hinchada local. Un error elemental de logística que desató el caos. Comenzaron a arrancar butacas. Las lanzaron no solo contra la hinchada rival, sino también contra familias y niños que nada tenían que ver con la violencia. Ese acto inicial desencadenó un enfrentamiento desproporcionado: más de 100 hinchas de Independiente atacaron a apenas 10 o menos fanáticos, incluidos familias y niños. La escena se agravó con la aparición de bombas improvisadas, cuya procedencia sigue siendo un misterio.

La seguridad fue un chiste. Sin control, las peleas crecieron. Hinchas de Independiente subieron con armas punzocortantes, persiguieron, golpearon y desnudaron a rivales en desventaja numérica. Las imágenes que circulan en redes sociales son brutales: un aficionado lanzado al vacío desde más de 20 metros de altura; un niño de 14 años noqueado con un palo de madera. Oficialmente se habla de 90 lesionados. Pero las mismas imágenes, los testimonios y la magnitud de la violencia dejan claro que hubo muertos. Lo que sucedió será minimizado o encubierto en los informes públicos.

Muerte y fútbol son dos palabras que jamás, pero jamás, deberían estar en la misma frase. Y, sin embargo, hoy estás leyéndolas aquí. Eso, por sí solo, ya es una derrota.

Lo ocurrido no es un hecho aislado. Es un síntoma de algo mucho más grande: la violencia en el deporte y la hipocresía de venderlo como un producto “familiar” mientras la realidad es otra. Lo de anoche fue un recordatorio brutal de lo que pasa cuando se pierde el control: alcohol y sustancias, mala organización, torneos que se jactan de ser los más prestigiosos del planeta fallando en lo básico: proteger vidas humanas.

El fútbol debería seguir siendo lo que es: lo más importante de lo menos importante. No una trampa mortal. No un campo de guerra.

Como apasionado y seguidor de los deportes me siento avergonzado. Avergonzado de lo que el juego que tanto amo dejó entrever anoche. Independiente y la Universidad de Chile deberían sentir vergüenza como instituciones. Sus dirigentes aún más. La sangre derramada en la tribuna también mancha sus manos.

Y lo peor de todo es que ya sabemos qué sigue: la misma negligencia, las mismas “investigaciones”, la misma indignación pasajera. Hasta que la próxima tragedia nos golpee con muertos oficialmente reconocidos. Porque si nada cambia, ese es el único desenlace posible.

Y mientras no cambie nada, la próxima sangre en las gradas será solo cuestión de tiempo.

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