God, Guns and America

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Por Diego Aguilar

Me inquieta menos el ateo que cuestiona la fe que el creyente que la vacía de misericordia. Porque una cosa es creer y otra instrumentalizar a Dios para legitimar prejuicios, crueldades y proyectos de poder. El problema no es la religión; es cuando el Evangelio se convierte en coartada para la crueldad.

No me escandaliza la fe, me escandaliza su secuestro.

Como católico, me provoca coraje ver el Evangelio usado para dividir y atacar antes que para amar y servir.

Porque uno crece creyendo que la buena noticia está dirigida a los pobres, a los heridos, a los marginados, y luego escucha a quienes invocan ese mismo Evangelio para humillar precisamente a esos mismos.

No toda defensa de la religión defiende el Evangelio.

Hablan de amor y practican exclusión. Predican humildad y operan desde soberbia. Invocan el pecado para no hablar de justicia. El problema no es que algunos hablen demasiado de pecado; es que hablan demasiado poco de misericordia.

Lo preocupante es que estos discursos ya no son episodios aislados.

Forman una constelación.

Nacionalismo, masculinismos reaccionarios, autoritarismo y religión identitaria se hablan entre sí. Comparten una gramática: culto a la jerarquía, nostalgia por un orden perdido, política del enemigo, virilidad entendida como dominación y moral convertida en arma.

Todos prometen restaurar algo —la nación, la masculinidad, la civilización, la cristiandad— y para hacerlo necesitan fabricar amenazas.

Lo pensé hace poco viendo una camiseta de un simpatizante MAGA: God, Guns and America.

Tres palabras que parecen resumir una tragedia espiritual de nuestro tiempo: convertir la fe en ideología, la patria en ídolo y la violencia en virtud.

Dios reducido a eslogan.
Las armas elevadas a valor moral.
La patria convertida en religión.

Cuando Dios comparte altar con las armas y la bandera, quizá ya no estamos frente al cristianismo, sino frente a una forma de idolatría.

No me preocupa un cristianismo demasiado devoto. Me preocupa un cristianismo demasiado útil para el poder.

Robert Bellah llamó a esto religión civil: cuando la nación deja de invocar a Dios y empieza a ocupar su lugar. Ahí la bandera compite con la cruz.

René Girard advirtió otra perversión: cuando una comunidad necesita enemigos para cohesionarse, termina fabricando chivos expiatorios. Cuando la fe necesita enemigos para mantenerse unida, deja de ser buena noticia.

Philip Gorski ha mostrado que el problema no es un cristianismo presente en lo público, sino su fusión con supremacismo, autoritarismo y nostalgia reaccionaria.

Y Umberto Eco lo vio venir al describir el ur-fascismo: el culto a la tradición convertida en dogma, el miedo a la diferencia, la obsesión con enemigos internos, la virilidad como compensación política, la identidad construida desde el agravio. Cuesta no reconocer ecos de eso en movimientos que dicen defender civilización mientras incuban resentimiento.

No son fenómenos desconectados.

México también conoce lo que ocurre cuando prestigio religioso y estructuras de poder se blindan mutuamente.

Los escándalos en torno a Legionarios de Cristo y la figura de Marcial Maciel dejaron una lección dura: cuando la autoridad espiritual se vuelve intocable, la fe puede ser usada para encubrir dominación antes que para servir.

Y en la cultura digital, voces como Nick Fuentes, Andrew Tate o El Temach son menos importantes como individuos que como síntomas de una misma ecología cultural: la del agravio convertido en identidad. Hay una extraña afinidad entre quienes convierten la masculinidad en dominación y quienes convierten la fe en guerra cultural.

Y acaso lo más inquietante es que muchas de estas corrientes no solo se parecen: en distintos casos documentados también se financian, se promocionan o se legitiman mutuamente.

Ciertos actores de la manosfera, segmentos del nacionalismo cristiano estadounidense, redes ultraconservadoras y proyectos político-religiosos han operado, a veces explícitamente y otras por vasos comunicantes, dentro de ecosistemas compartidos de dinero, medios e influencia.

Follow the money.

A veces seguir las ideas no basta; hay que seguir también las estructuras que las sostienen.

A veces la ideología no se entiende del todo hasta que se observa quién la financia.

Porque ahí aparece algo más profundo: el resentimiento moviliza, la guerra cultural monetiza y la identidad polarizada organiza poder.

Por eso funcionan.

No son solo doctrinas: son redes.

Y cuando una teología del miedo, una economía del agravio y una política del enemigo empiezan a fundirse, la fe corre el riesgo de convertirse no en servicio, sino en dispositivo de dominación.

Eso no es tradición. Eso es captura.

San Agustín de Hipona, entendió hace siglos que ningún imperio es Reino de Dios. Esa sola idea pulveriza la falsa equivalencia entre nación y cristiandad.

América no es el Reino. Ningún proyecto político lo es.

Cuando la fe se vuelve identidad tribal, deja de anunciar salvación y empieza a administrar enemigos.

Y aquí conviene recordar algo elemental: Dios y Jesús nunca son la causa del mal; suelen ser el pretexto de hombres malos para ejercerlo. A lo largo de la historia esa tendencia se repite. Cambian las banderas, los imperios, los uniformes y los eslóganes; persiste la tentación de usar lo sagrado para santificar poder.

Por eso el problema no es un exceso de fe. Es la idolatría del poder disfrazada de fe.

Y cuando el cristianismo se parece más a un movimiento de resentimiento que a un carpintero crucificado, no estamos defendiendo el Evangelio: estamos traicionándolo.

El cristianismo deja de traicionarse cuando vuelve a parecerse menos a un imperio armado y más a un carpintero crucificado.

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