Cancelado por tomar el camión: la absurda controversia de Guillermo Herrera

Por Alexa Durán
Guillermo Herrera, creador de contenido se ha visto envuelto en un escándalo. Hace unos días, una foto de él viajando en transporte público se viralizó y desató una ola de críticas.
Guillermo construyó su presencia digital alrededor de la moda clásica, el estilo pulido y una estética inspirada en el ‘old money’. Eso bastó para que algunos usuarios asumieran que su vida cotidiana debía corresponder exactamente con esa imagen.
Cuando apareció la foto de él en transporte público, la narrativa se volvió absurda: que era “incoherente”, que “vendía una imagen falsa”, que “si vas a jugar a ser rico, mínimo paga Uber”.
El comentario disfrazado de chiste terminó convirtiéndose en funa, por la que Herrera terminó disculpándose en sus redes sociales.
Esta polémica dice menos de Guillermo y más de nosotros como sociedad. ¿Desde cuándo usar transporte público es motivo de vergüenza?
Hay un clasismo inherente en ridiculizar a alguien por utilizar un servicio que millones de personas usan todos los días, yo incluida. Y hay un problema aún más profundo en exigirle a un creador de contenido que viva en función de las expectativas idealizadas que otros proyectan sobre él.
La estética “old money” es precisamente eso: una estética. Sí, surgió del estilo de vestir de personas con riqueza generacional, pero hoy, como cualquier tendencia, se ha democratizado. No es una prueba de estatus ni un contrato social, es ropa.
Tenemos ideas muy rigidas sobre la moda que deberíamos erradicar.
El estilo personal es expresión, comodidad y gusto. Los pantalones ya no son solo para hombres; usar rosa no es solo para mujeres. Y la vestimenta elegante elegante no es exclusiva para gente rica.
La movilidad no determina su autenticidad. Su contenido nunca se ha tratado de dinero, o de lujos, habla sobre moda y consejos de vestir para hombres.
La funa digital suele operar desde un lugar moralizador: “si no eres lo que pareces, entonces engañas”. Pero la vida real es más compleja. Nadie es su Instagram. Nadie es su feed. Y si Guillermo decide vestirse inspirado en cierto estilo, no está obligado a demostrar ingresos o lujos para “merecerlo”.
Casos como este nos recuerdan que las redes son terreno fértil para el doble estándar: criticamos la desigualdad, pero también atacamos cuando alguien no cumple con nuestra idea de cómo “debería” vivir según cómo se viste.
Además, el transporte público es una forma práctica, económica y común de moverse por la ciudad. Es sostenible, accesible y cotidiano. La polémica sólo evidencia los estereotipos que tenemos sobre algo tan simple como tomar el camión.
Que Guillermo lo haga por necesidad o por simpleza no nos concierne.
Al final, Guillermo no cometió una falta. De todas las razones por las cuales puede surgir una polémica de influencers —infidelidades, fraude, acoso sexual— se está satanizando a un joven por algo que muchos hacemos a diario.
Si algo deberíamos aprender de esta situación es que la elegancia y el transporte público no son mutuamente exclusivos y que una estética no es un estándar que debemos cumplir.
La elegancia —la verdadera— no está en la ropa, ni en los lujos, ni en las apariencias. Está en la forma en que tratamos a los demás.
Guillermo fue diplomático frente a esta situación. Se sinceró e incluso se disculpó, a pesar de no haber hecho nada malo.Su comportamiento fue la representación perfecta de la elegancia.
Y ahí es donde, tristemente, muchos de los que participaron en esta “cancelación” quedaron a deber.











