Carta a Rojos

Por Diego Aguilar
Hay personas que encuentran su vocación desde niños.
Hay quienes la descubren en un salón de clases, en una oficina o en un viaje.
Yo la encontré un lunes por la tarde, en un campo de fútbol americano.
Y jamás imaginé que una simple invitación cambiaría el rumbo de mi vida.
Todo comenzó con una invitación para formar parte de Rojos TV.
En ese momento estudiaba una carrera que, aunque intenté convencerme de que era el camino correcto, en el fondo nunca logró hacerme feliz.
Sentía que algo me faltaba, como si todavía no hubiera encontrado el lugar al que pertenecía.
Unos meses después busqué a Buchi con una propuesta.
—No quiero estar en la producción —le dije—. Quiero coachear.
No tenía experiencia.
No tenía un historial como entrenador.
Solo tenía una pasión inmensa por este deporte y la ingenua idea de que, después de tantos años viéndolo, analizándolo y escribiendo sobre él, quizá entendía una o dos cosas.
Qué equivocado estaba.
Su respuesta fue tan sencilla como trascendental.
—Te espero el lunes a las seis de la tarde en la Universidad Politécnica.
Ese lunes comenzó una nueva vida.
Ahí conocí al coach Carlos Briones.
Con el tiempo entendí que existen personas que cambian tu destino sin hacer demasiado ruido. Él fue una de ellas.
Aceptó en su staff a un muchacho que jamás había dado un entrenamiento, que nunca había llevado un silbato al cuello y que todavía no entendía la enorme diferencia entre amar este deporte y saber enseñarlo.
Apostó por mí cuando yo todavía no había hecho nada para demostrar que lo merecía.
Nunca dejaré de agradecerle ese riesgo.
Los primeros meses fueron una lección de humildad.
Descubrí que ver fútbol americano y coachearlo son dos mundos completamente distintos. Que detrás de cada jugada hay horas de estudio, de preparación, de errores, de correcciones y de paciencia.
No sabía nada.
Absolutamente nada.
Y, aun así, hubo personas que decidieron enseñarme.
Nuestra primera temporada en College terminó sin una sola victoria.
Curiosamente, jamás la recordaré como un fracaso.
Porque ese año no gané partidos.
Gané una vocación.
Después llegó la Juvenil.
Una temporada de alegrías, de frustraciones, de aprendizajes y de crecimiento. Más tarde tuve la oportunidad de coordinar la ofensiva de Falcons, un grupo de niños que, sin saberlo, terminó robándose un pedazo de mi corazón.
Siempre me he considerado muy niñero.
Pero convivir con ellos todos los días fue algo que jamás voy a olvidar.
Voy a extrañar sus preguntas.
Voy a extrañar su energía.
Voy a extrañar sus ocurrencias.
Voy a extrañar la manera en que celebraban una buena jugada como si acabaran de ganar el Super Bowl.
Voy a extrañar la sonrisa con la que llegaban cada entrenamiento.
Y voy a extrañar ver cómo, poco a poco, iban creciendo no solo como jugadores, sino también como personas.
Llegué creyendo que iba a enseñarles fútbol americano.
Hoy entiendo que ellos también me enseñaron a mí.
Existe una idea equivocada de que los coaches solamente formamos jugadores.
No.
También ayudamos a formar personas.
Enseñamos disciplina, respeto, responsabilidad, trabajo en equipo y resiliencia.
Pero hay algo que casi nadie dice.
Los jugadores también forman a sus coaches.
Cada entrenamiento, cada pregunta, cada error y cada abrazo al terminar un partido terminan cambiándonos un poquito.
Por eso puedo decir, con toda honestidad, que yo aprendí mucho más de ellos de lo que ellos pudieron aprender de mí.
Gracias a cada jugador que alguna vez me permitió ser su coach.
Gracias por confiar en mí incluso cuando yo mismo seguía aprendiendo.
Gracias a todo el staff de coacheo.
Gracias por cada corrección, por cada consejo, por cada llamada de atención y por cada conversación cuando las cosas no salían bien.
Gracias a Buchi por abrirme la primera puerta.
Gracias al coach Carlos Briones por apostar por alguien que no tenía experiencia y por enseñarme, con paciencia, que ser coach va mucho más allá de dibujar jugadas en un pizarrón.
Gracias al presidente Memo, al dueño del equipo y al rector Néstor Garza por creer en este proyecto y por confiar en quienes tuvimos la fortuna de formar parte de él.
Y gracias a los padres de familia.
Tal vez nunca dimensionen el impacto que tienen.
Mientras esperan en una tribuna, mientras manejan kilómetros para llevar a sus hijos a entrenar, mientras lavan un uniforme lleno de tierra o hacen un esfuerzo económico para que un niño pueda seguir jugando, están haciendo mucho más que apoyar un deporte.
Están sosteniendo el sueño de alguien.
Gracias por confiar en nosotros.
Gracias por permitirnos acompañar a sus hijos en una etapa tan importante de sus vidas.
Hoy me toca despedirme antes de que termine la temporada.
Y esa es, quizá, la única espina que me llevo.
Me habría encantado caminar con mis Falcons hasta el último partido.
Pero el fútbol americano, como la vida, también se trata de entender cuándo es momento de emprender un nuevo camino.
Me voy tranquilo porque sé que di todo lo que pude dar.
Y porque sé que ellos seguirán creciendo, con o sin mí.
Hoy me voy de Rojos llevándome mucho más de lo que alguna vez pude aportar.
Me llevo amistades.
Me llevo mentores.
Me llevo recuerdos.
Me llevo tardes enteras de prácticas bajo el sol.
Me llevo noches revisando video.
Me llevo las derrotas que me hicieron más humilde.
Y me llevo las pequeñas victorias que me recordaron por qué vale la pena dedicarle la vida a este deporte.
Pero, sobre todo…
Me llevo un propósito.
Hace apenas unos años no tenía idea de qué quería hacer con mi vida.
Hoy no tengo ninguna duda.
Quiero ser coach.
Quiero dedicar mi vida a formar personas a través del fútbol americano.
Y todo empezó aquí.
Llegué pensando que iba a enseñar fútbol americano.
Me voy agradeciendo que me hayan enseñado cómo quería vivir mi vida.
Porque eso fue Rojos para mí.
No fue solamente un equipo.
No fue solamente un uniforme.
No fue solamente un campo.
Fue el lugar donde descubrí quién quería ser.
Y hay muy pocos lugares capaces de regalarte algo tan valioso.
Gracias por creer en mí cuando todavía ni yo mismo sabía quién podía llegar a ser.
Gracias por darme un propósito.
Gracias por cambiarme la vida.
Gracias, Rojos.
Nos volveremos a encontrar.










