“Cuando el Millonario se fue a la quiebra “

Por Diego Aguilar
Cada año en Buenos Aires escuchamos a las dos hinchadas más grandes repetir la misma frase. Los de River le gritan a Boca: “moriste en Madrid”. Los de Boca responden con la daga eterna: “te fuiste a la B”.
Para 2008, River había ganado el Clausura con Simeone, pero meses después quedó último en la tabla general por primera vez en su historia. Entre 2001 y 2009, José María Aguilar dejó al club con una deuda superior a los 75 millones de dólares. Daniel Passarella asumió en 2009, pero tampoco logró detener la debacle.
En Argentina no desciende el último de la tabla, sino los equipos con peor promedio en tres temporadas. Ese sistema, pensado para proteger a los grandes, no pudo salvar a River: acumuló torneos para el olvido —17°, 14° y 13°— y terminó arrastrado hacia la promoción de 2011.
River enfrentó a Belgrano de Córdoba. En la ida, el 22 de junio, perdió 2-0.
La vuelta, en un Monumental cargado de nervios, se jugó el 26 de junio.
Pavone adelantó a River, pero Farré empató al inicio del segundo tiempo. Más tarde, un penal inexistente a favor de los millonarios fue desperdiciado por el propio Pavone.
Global: 3-1. Por primera vez en 110 años de historia, River descendía a la B Nacional.
El Monumental se convirtió en un infierno: disturbios, violencia, lágrimas, 50 heridos, represión policial y destrozos en el estadio. Ese día se rompió el mito de que los grandes de Argentina eran intocables.
Desde entonces, cada vez que Boca puede, se lo recuerda al rival con más odio.
Yo, en lo personal, como analista deportivo, no creo que puedas asumirte como el más grande de tu país con un descenso a cuestas.
Una mancha imborrable, una estocada institucional que nadie va a olvidar. Para mí, irse a la B es un sacrilegio en el mundo del fútbol, un golpe del que no deberías presumir jamás.
Y, sin embargo, para River ese golpe fue un punto de inflexión. Incorporaron a Cavenaghi, al “Chori” Domínguez y a Trezeguet, con Matías Almeyda en el banquillo.
En un año regresaron como campeones.
Después llegaría Marcelo Gallardo, y con él la década más gloriosa en la historia moderna de River: dos Libertadores, una Sudamericana y, sobre todo, la final eterna en Madrid, donde la Copa viajó a Europa para que River asestara el golpe más doloroso a Boca.
El 26 de junio de 2011, el Monumental dejó de ser un templo para convertirse en un infierno. River, uno de los grandes de América, caía al abismo.
Y no fue un accidente: fue la consecuencia de años de medias tablas, deudas millonarias y planteles incapaces de sostener la camiseta.
Pero aquel día también dejó una lección valiosa, no solo para los hinchas millonarios, sino para todos los que amamos el deporte.
Es, al final, una analogía de la vida misma: después de morir, siempre existe la posibilidad de volver. Después de tocar fondo, siempre podemos regresar. Incluso en la oscuridad más profunda, se puede encontrar la luz que alguna vez nos hizo grandes.
Los grandes no lo son por sus títulos ni por evitar caídas; los grandes lo son por la manera en que se levantan tras sus fracasos. Y River lo demostró.
Por más que descender sea una vergüenza eterna —y lo siga considerando una mancha imperdonable—, también aprendí a admirar a ese River que supo regresar como pocos lo han hecho.
Seas de Boca o seas de River, la enseñanza trasciende los colores: siempre hay que volver a la vida.








