
Por Diego Aguilar
“Somos un país profundamente mestizo, que se odia a sí mismo y está educado para tal” — Juan Miguel Zunzunegui
No heredamos una derrota, heredamos una raíz. La Conquista no nos hizo víctimas eternas; nos hizo responsables de lo que somos hoy.
México es un país conformado por infinitas variables políticas y sociales, entre ellas la mitología que tiene de sí mismo. Es curioso que un país tan rico en cultura parezca hipócrita: exageradamente nacionalista, pero incapaz de aceptar sus raíces, justificando la mediocridad bajo la narrativa de ser “el pueblo conquistado”.
Seguimos atrapados en la narrativa de los derrotados; el victimismo histórico se volvió un fenómeno social. Al parecer, 1521 y los “bárbaros” del otro lado del Atlántico son culpables de todo.
Aquí cometemos varios errores al interpretar nuestra historia:
•Tomar a los aztecas como protagonistas absolutos de nuestro origen ignora más de 2,200 años de cultura anterior, incluyendo olmecas, zapotecas y mayas.
•Los conquistadores no eran bárbaros: muchos sabían leer, escribían crónicas y habían pasado por universidades como Salamanca. España contaba con el sistema legal más avanzado de Europa y debatía si los indígenas eran sujetos de derechos.
•La expedición no fue un saqueo improvisado: había leyes, debates y financiamiento de banqueros genoveses y florentinos. Pensar que dominaban la tecnología marítima y la conquista fue fruto de ignorancia es absurdo.
•Pensar que los aztecas iban a “conquistar el mundo con su tecnología” es otro relato nacionalista: Mesopotamia ya había adoptado ciudades-estado, escritura cuneiforme y el cero siglos antes.
Los aztecas fueron un imperio, no una víctima. El Templo Mayor no solo era religión; era terror político. Este imperio sometía a más de 400 pueblos, incluyendo Tlaxcaltecas, Huexotzincas, Texcocanos, Matlatzincas, Mixtecos y Totonecas.
Durante casi 70 años, el Templo Mayor fue un centro de opresión y sacrificios humanos. Se extraían miles de corazones anualmente como herramienta de control político. Todo el hartazgo y los conflictos acumulados permitieron que los pueblos oprimidos vieran en los hombres de piel clara y armas desconocidas la oportunidad de resistir.
Entendamos: nunca fue España contra México. Fue pueblos contra aztecas, opresores vs. oprimidos. Brutal, sí, pero también abrió camino al sincretismo cultural más importante de nuestra civilización.
Las naciones viven de mitologías. Francia perdió París en 15 días y aún se ve vencedora de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, con esclavitud y guerras internas, se percibe como paladín de la libertad. No importa tanto la verdad, sino cómo se cuenta y se cree.
Una persona atrapada en su trauma no crece. Una nación atrapada en su resentimiento, tampoco. El resentimiento infantiliza. El perdón hacia uno mismo es crucial. La responsabilidad es el primer paso hacia la libertad.
Los españoles y aztecas fueron bárbaros, pero sin querer nos unieron para siempre: con violencia y creatividad. El mestizaje no es vergüenza; es raíz compartida. No somos un pueblo derrotado. También podemos conquistar nuestra propia historia. Empecemos a construir y dejar atrás los traumas.
Octavio Paz, El laberinto de la soledad (1950):
“El mexicano puede ver en la Conquista el origen de todos sus males, pero en realidad su herida más profunda es la soledad, el no reconocerse hijo de esa unión violenta. Rechazamos al padre y a la madre, y en esa negación está nuestra orfandad.”
La madurez nacional empieza cuando dejamos de culpar y asumimos nuestra historia.
¡Viva México, viva España, viva la Hispanidad!












