Maduro cayó; Arepas, Imperios y Realidades

Nicolás Maduro Moros nació el 23 de noviembre de 1962 en Caracas, Venezuela. Proveniente de una familia de clase trabajadora, inició su trayectoria pública como conductor de autobús y dirigente sindical antes de incorporarse plenamente a la política.
Durante el gobierno de Hugo Chávez fue diputado, presidente de la Asamblea Nacional y ministro de Relaciones Exteriores, hasta que fue designado por el propio Chávez como su sucesor.
Tras su muerte, Maduro ganó la elección presidencial de 2013 y se convirtió en la figura central del Partido Socialista Unido de Venezuela. Posteriormente fue reelegido en 2018 y en 2024, en procesos ampliamente cuestionados por la oposición y por buena parte de la comunidad internacional.
Hace apenas unos días, distintos reportes internacionales informaron que Maduro fue extraído de Caracas durante la madrugada en una operación atribuida a fuerzas estadounidenses, con respaldo de sectores de la oposición regional, bajo una orden directa del presidente Donald J. Trump, y trasladado a suelo estadounidense, donde enfrentaría un proceso judicial.
Más allá de los detalles que aún se confirmen o se desmientan, el hecho ya produjo un terremoto político y simbólico.
Desde que la noticia se difundió, el debate se volvió inmediato y predecible.
Por un lado, están quienes, desde una postura que suele identificarse como “de izquierda”, denuncian la intervención estadounidense y defienden la soberanía nacional venezolana; por el otro, quienes celebran la operación como una victoria absoluta de la libertad y elevan a Estados Unidos —y a Trump— al papel de justiciero global.
(Conviene decirlo con claridad: esta división entre izquierda y derecha resulta cada vez más ambigua y anacrónica para explicar la complejidad del mundo político y geopolítico actual. Las categorías sobreviven, pero ya no alcanzan.)
Ambas posiciones comparten el mismo error: reducir una realidad compleja a una dicotomía moral simplificada.
Defender la soberanía de un país no implica defender a un régimen autoritario.
Y condenar a un dictador no obliga a romantizar el intervencionismo estadounidense.
Confundir estas cosas es no haber aprendido nada de la historia reciente.
Porque los hechos son claros. Durante la presidencia de Maduro, Venezuela atravesó una crisis económica devastadora: inflación descontrolada, colapso del PIB, escasez crónica de alimentos y medicinas, destrucción del aparato productivo y debilitamiento profundo de las finanzas públicas. Desde 2013, millones de venezolanos han migrado, convirtiendo el éxodo en uno de los más grandes del continente.
En el plano político, su gobierno ha sido señalado por organismos internacionales y analistas independientes como autoritario, con represión sistemática de la oposición y graves violaciones a los derechos humanos. En 2017, el Tribunal Supremo de Justicia —alineado con el Ejecutivo— intentó asumir las funciones de la Asamblea Nacional opositora, provocando una crisis institucional denunciada a nivel internacional. En 2019, Juan Guaidó intentó encabezar una transición que fracasó, al igual que un levantamiento cívico-militar ese mismo año.
Nada de esto convierte automáticamente a Estados Unidos en un actor virtuoso.
Cada intervención militar estadounidense en América Latina y Medio Oriente deja un patrón reconocible: inestabilidad prolongada, control de recursos estratégicos y dependencia política.
Venezuela no es la excepción. El interés central nunca fue ideológico, sino material: petróleo, influencia geopolítica y posicionamiento estratégico.
Pero tampoco caigamos en la fantasía opuesta.
China y Rusia no sostuvieron al régimen venezolano por solidaridad revolucionaria ni afinidad cultural.
Lo hicieron por exactamente la misma razón: recursos, poder y cálculo geopolítico.
Los imperios no tienen ideología; tienen intereses.
Dicho con claridad: Nicolás Maduro es un dictador.
Su captura, para muchos venezolanos, representa una forma de alivio emocional después de años de abuso, escasez y represión.
Las imágenes de gente celebrando no son propaganda: son expresión de hartazgo.
Pero celebrar la caída de un hombre no equivale a resolver el desastre que deja atrás. El verdadero reto no es lo que ocurra con Maduro, sino lo que venga después para Venezuela y para la región.
Por eso, el punto central no es elegir bando, sino rechazar las simplificaciones. No existen salvadores absolutos ni villanos únicos. Existen estructuras de poder, intereses económicos y sociedades que pagan el precio.
Si algo conviene hacer hoy es esto: no caer en dicotomías cómodas, no romantizar imperios y no justificar tiranías. Y, quizá, tener un gesto mínimo de humanidad: si conoces a un venezolano, mándale un mensaje. Porque más allá del ruido geopolítico, hay un país que lleva años sobreviviendo.
Y conviene decirlo sin alarmismo, pero sin ingenuidad: lo que se está moviendo hoy en Venezuela no se quedará ahí.
América Latina —y México— están entrando en una etapa de tensiones mucho más duras. Pensarlas con seriedad será más urgente que gritar consignas.











