Matando al periodismo

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Por: Paty Calvillo

Desde los siete años sabía que quería ser periodista. No lo supe por vocación heredada ni por mandato, sino por curiosidad. Mi padre, que apenas cursó el segundo año de primaria, hacía del domingo una ceremonia. Montaba su bicicleta y se dirigía a la placita de la 21 de Marzo, en el municipio de Soledad de Graciano Sánchez, con un solo propósito, comprar el periódico para ver los resultados del fútbol llanero.

Regresaba a casa con el periódico enrollado bajo el brazo, como quien carga un tesoro y lo era, pues entre sus páginas vivían El Fantasma, la Familia Burrón, Mafalda y otros mundos que nos abrían ventanas. Pero como siempre, los más rápidos de casa, tomaban las caricaturas. Con la zancada corta, me quedaban las secciones de cultura, sociales y espectáculos, y ahí, entre esas páginas encontré mi destino.

Leyendo crónicas de conciertos que no escuchaba, relatos de coronaciones de reinas que nunca presenciaba, artículos de fondo sobre una vida cultural que parecía de cuento, pero que en la tinta se volvía posible. Las plumas de los años ochenta, firmes, rigurosas, curtidas en los géneros periodísticos, me llevaron de la mano a un mundo que no me pertenecía. Ahí nació mi vocación.

Pero el tiempo, como siempre, no pide permiso. Hoy el periodismo camina en medio de una tormenta silenciosa, pues el trajinar de la época, la vorágine de la inmediatez del internet, el cierre de redacciones, hace ver un escenario preocupante hacia el oficio que Heródoto “el padre de la historia” ayudó a formarse en un amplio sentido en la Antigua Grecia, cuando fomentaba las crónicas y narración de eventos.

En San Luis Potosí, como en muchas otras regiones, la transformación es evidente. Han brotado páginas en redes sociales como si fueran hierba tras la lluvia -no siempre consideradas buenas cosechas-. En especial en plataformas como Facebook, donde cualquiera puede abrir un espacio y auto nombrarse profesional de los medios. Pero el periodismo no es un título que se asume, es un oficio que se construye, los que hacemos esto, sabemos que no basta con encender una cámara y transmitir; informar exige verificar, contrastar, contextualizar, sostener la palabra con responsabilidad, esa que hasta se está perdiendo en medio de las realidades inventadas a través de la Inteligencia Artificial, IA.

Este trabajo, parece diluirse entre transmisiones en vivo que confunden presencia con profundidad. Los de este oficio, están en medio de una gran preocupación, saber quiénes los van a suceder en esta labor que hasta es considerada patriótica, o al menos, así la hacía ver la historia de México con sus célebres difusores de noticias como Leona Vicario que en la Independencia compartía información de la insurgencia, como el derecho ciudadano al libre acceso a la información pública.

La intempestiva transformación de medios de comunicación masivos a cajas de resonancia de discursos que no cuestionan, sino que obedecen, está marcando una creciente tensión entre la práctica profesional y los contenidos informativos. En estados como San Luis Potosí, este fenómeno se ha vuelto cada vez más visible, con la aparición constante de páginas en plataformas digitales, particularmente en la red que pertenece a Mark Zuckerberg, ha dado paso a una nueva camada de personajes que se autodenominan periodistas sin contar necesariamente con formación académica, experiencia en redacciones y desafortunadamente con desconocimiento de los géneros periodísticos.

Se está replicando que la cobertura de un evento en vivo, ahora es sinónimo del ejercicio periodístico, el mismo comunicador asimila como un hecho que solo eso, es periodismo. Sin embargo, transmitir no es lo mismo que informar. El periodismo implica verificar, contextualizar, contrastar fuentes, investigar y ofrecer al ciudadano herramientas suficientes para comprender la realidad.

La inmediatez de las redes sociales ha diluido estos principios, dando paso a contenidos que priorizan la rapidez y el impacto visual sobre la veracidad y la profundidad. Y entonces, la pregunta bien pensada, la que nace del contexto y la investigación, cede su lugar a la frase rápida, al comentario ligero, al aplauso digital.

En este contexto, la proliferación de portales informativos de dudosa procedencia ha encendido alertas. Aunque no existe un padrón único y público actualizado, estimaciones locales señalan que en San Luis Potosí operan más de un centenar de páginas y portales digitales que difunden información, muchos de ellos surgidos en los últimos años sin estructura editorial clara y sin verdadera investigación social. Incluso se ha documentado que en época de la Feria Nacional Potosina, FENAPO, aparecen alrededor de 400 nuevos medios de comunicación.

A nivel nacional, el crecimiento de medios digitales ha sido exponencial en la última década, impulsado por el bajo costo de entrada y el alcance de las redes sociales, pero también por intereses políticos y económicos que buscan incidir en la opinión pública. Diversas voces dentro del gremio señalan que una parte de estos espacios responde a intereses particulares. Se trata, en algunos casos, de plataformas vinculadas a actores políticos que buscan posicionar agendas, debilitar a medios tradicionales, acceder a contratos de publicidad oficial y construir narrativas favorables a sus proyectos.

En este esquema, emergen los llamados pseudo reporteros que son perfiles que reproducen información sin cuestionamiento, alineados a intereses específicos y que, en ocasiones, se dedican a atacar a periodistas que ejercen su labor con estricto rigor profesional o incluso solo para conseguir el acceso a un evento. Aquí un ejemplo, un trabajador de monitoreo de la central camionera, creó una página de Facebook, para entrar a los conciertos de forma gratuita, hace poco llevó a su madre a uno de esos espectáculos, ella en medio de su ingenuidad, aseveró ser una del gremio. Sus palabras catapultaron a los que día tras día, pelean por la portada, la primicia y la exclusiva. Cabe cuestionar a dónde nos están llevando esas páginas que nacen de un interés poco profesional.

El impacto de este fenómeno no es menor, ya que el ciudadano se enfrenta a un entorno informativo saturado, donde distinguir entre contenido verificado y versiones sesgadas resulta cada vez más complejo. La consecuencia directa es una sociedad desinformada o, peor aún, manipulada. La democracia se resiente cuando la información pierde calidad y se convierte en herramienta de conveniencia de algunos grupos en el poder.

La distorsión del oficio también se refleja en la cobertura de eventos públicos, ya que no es raro que en ruedas de prensa de figuras como el pugilista Julio César Chávez o agrupaciones musicales como Grupo Firme y Banda MS se presenten decenas de supuestos medios que, en realidad, surgieron apenas días antes de esa convocatoria, impulsados por la lógica de acumular seguidores para obtener acreditaciones. A esta dinámica se suma la presencia de influencers, quienes en muchos casos reciben prioridad para intervenir en las entrevistas, desplazando a comunicadores con amplia trayectoria bajo el argumento de que generan más alcance en términos de “likes”.

Ante este escenario, periodistas de larga experiencia optan en ocasiones por replegarse o adaptarse para evitar confrontaciones en un entorno dominado por métricas digitales. Se inhibe así la crítica, se diluye la profundidad y se debilita la función social del periodismo que es, que la información es un “bien público”.

El problema, sin embargo, no es exclusivo de las redes sociales o de los actores políticos, sino que también existe una responsabilidad interna en el gremio. La presión de las líneas editoriales, la dependencia de la publicidad y las condiciones laborales precarias han llevado a algunos periodistas a moderar su postura crítica. En el conocimiento de que ejercer el periodismo en esta nación implica, además, enfrentar riesgos significativos, pues el país se mantiene entre los más peligrosos para esta profesión, con salarios que en muchos casos oscilan entre los 10 mil y 18 mil pesos mensuales -en este caso para algunos privilegiados-.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI, en México, hacia 2019 había alrededor de 36 mil personas trabajando específicamente en la pluma. De cada 100 profesionales en este campo, 77 contaban con estudios superiores, y de ellos, cerca del 74.7 por ciento provienen de carreras de comunicación y periodismo. Sin embargo, el mercado laboral es limitado, ya que se estima que más de 250 mil personas han estudiado estas disciplinas, pero una proporción considerable termina desempeñándose en áreas como relaciones públicas, publicidad o mercadotecnia.

El Instituto Mexicano para la Competitividad, IMCO, ha apuntado que los salarios de los reporteros en promedio, pueden rondar los 8 mil pesos mensuales, con una fuerza laboral mayoritariamente masculina y una edad promedio cercana a los 43 años.

Este panorama de precariedad e incertidumbre desincentiva a las nuevas generaciones. En las aulas universitarias, cada vez menos estudiantes levantan la mano cuando se les pregunta quién desea enfocarse al perfil de informar. Una maestra de educación superior, que da catedra en una institución privada, preguntó a sus alumnos ¿quién quiere ser periodista? y de 12 estudiantes con los que contaba en ese momento, ninguno se pronunció, todos dijeron querer ser tiktokers, pero cuando se les cuestionó en qué querían influir, callaron. Nadie se supo definir, a pesar de estar en los últimos semestres. Más que evidente lo que esta sucediendo.

Lo que hay, es un círculo complejo, mientras el periodismo profesional pierde atractivo y condiciones, los espacios informativos se reproducen como búlgaros, sin formación y con prácticas alejadas del rigor. La consecuencia final recae en la sociedad, que ve deteriorado su derecho a una información objetiva, veraz, crítica y de calidad.

Y entonces surge la pregunta que incomoda: ¿quién contará las historias mañana?, porque ser de la prensa no es solo un oficio; es una forma de sostener la memoria, de defender el derecho a saber. Recuperar su valor, implica reconocer su importancia como pilar democrático. No basta con informar, hay que hacerlo bien.

En medio del ruido digital, el reto es reivindicar el perfil del comunicador, fortalecer la ética y recordar que el verdadero periodismo no se mide en transmisiones en vivo ni en número de seguidores, sino en su capacidad para explicar la realidad con responsabilidad y profundidad.

El oficio por el que fue asesinado el michoacano Manuel Buendía, parece fracturado, pero aún quedan quienes recuerdan el sonido del papel, el olor de la tinta, la emoción de descubrir el mundo en una página. Aún están quienes creen que informar es un acto de responsabilidad, casi un deber cívico, quizá como dicta nuestra historia, un acto patriótico.

Recuperar el periodismo no es tarea sencilla, implica volver a la raíz, a la ética, al compromiso, a entender que no todo lo que se transmite informa, y que no todo lo que se publica en Facebook merece ser creído, porque al final, entre las prisas y el silencio, entre la pantalla y la palabra, el verdadero periodismo sigue siendo ese: el que no grita, pero explica; el que no improvisa, pero investiga; el que no busca aplausos, sino la verdad.

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