Tenemos una cita con la historia.

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Por Diego Aguilar

Cuarenta años no son una racha.

Son una forma de educar a un país.

Durante cuatro décadas, los mexicanos aprendimos que cuando llegaba el partido importante, el desenlace casi siempre era el mismo. Cambiaron los entrenadores, cambiaron las generaciones, cambiaron los uniformes y cambiaron los héroes. Lo único que parecía no cambiar era el final.

Nos acostumbramos al “ya merito”.

A protegernos de la ilusión para que doliera menos.

A pensar que el golpe siempre estaba a la vuelta de la esquina.

Cuando México ganó su último partido de eliminación directa en un Mundial, el mundo era otro. Todavía existía la Unión Soviética. Internet apenas daba sus primeros pasos. Lionel Messi ni siquiera había nacido y Cristiano Ronaldo tardaría un año más en hacerlo.

Así de larga ha sido la espera.

Por eso lo ocurrido ante Ecuador no fue únicamente una victoria. Fue una ruptura.

No sólo cayó una estadística.

Cayó una manera de entender al fútbol mexicano.

Durante años repetimos que el problema era mental. Que el futbolista mexicano llegaba al momento decisivo convencido de que algo terminaría saliendo mal. Tal vez esa barrera empezó a romperse el día que millones de aficionados dejamos de esperar la tragedia y nos dimos permiso de creer otra vez.

Pero ahora viene la parte más difícil.

Porque las derrotas construyen cicatrices.

Y de esas estamos llenos.

Las oportunidades, en cambio, construyen legado.

Y aparecen muy pocas veces.

El domingo México no juega solamente contra Inglaterra.

Juega contra la posibilidad de dejar escapar una oportunidad que tardó cuarenta años en volver a presentarse.

La historia del deporte está llena de equipos extraordinarios que nunca encontraron su momento. Porque el deporte rara vez premia las trayectorias; premia los instantes. Hay partidos que cambian la forma en la que un país recuerda a una generación.

Éste puede ser uno de ellos.

Los psicólogos dicen que las personas construimos nuestra identidad a partir de las historias que nos contamos sobre nosotros mismos. Los países no son tan distintos. También viven de relatos. También heredan certezas, miedos y esperanzas. Durante cuarenta años el fútbol mexicano nos contó la misma historia: que el momento decisivo casi siempre terminaba en decepción.

Las historias funcionan de una manera extraña.

Primero las contamos.

Después empezamos a creerlas.

Y un día terminan pareciéndonos inevitables.

Quizá por eso este domingo signifique tanto.

No porque un partido vaya a resolver los problemas de México. No lo hará.

No desaparecerá la violencia.

No borrará las injusticias.

No hará que despertemos en un país diferente el lunes por la mañana.

Pero sí podría cambiar algo mucho más sutil.

La conversación que tenemos con nosotros mismos.

La forma en que una generación entera entiende lo que significa representar a México.

La manera en que un niño de ocho años aprenderá a recordar a su selección.

Hay un niño que todavía no conoce el “ya merito”. No vivió las eliminaciones que marcaron a sus padres. No recuerda las heridas que cargan sus abuelos cuando hablan de los Mundiales.

Todavía cree que lo normal es ilusionarse.

Qué privilegio sería que nunca tuviera que desaprenderlo.

El Estadio Azteca ha sido escenario de algunos de los capítulos más grandes en la historia del fútbol. Ahí el mundo vio a Pelé levantar la Copa. Ahí Maradona escribió dos de las páginas más famosas de este deporte. El domingo, ese mismo estadio volverá a abrir sus puertas para preguntarnos si también puede ser el escenario donde México empiece a contarse una historia distinta.

Tal vez por eso millones de personas repetirán la misma cábala.

Se pondrán la misma playera.

Se sentarán en el mismo lugar del sillón.

Habrá quienes recen.

Habrá quienes digan que las cábalas no existen.

En el fondo, todos estarán haciendo exactamente lo mismo.

Buscando una forma de creer.

Porque los seres humanos hacemos rituales cuando sentimos que algo importante está por ocurrir.

Y tengo la sospecha de que el domingo no sólo estaremos esperando un resultado.

Estaremos esperando una respuesta.

La respuesta a una pregunta que el fútbol mexicano lleva cuarenta años haciéndose.

¿De verdad somos ese país que siempre se queda a un paso?

¿O simplemente nos acostumbramos a creer que ésa era nuestra historia?

La historia no siempre premia al mejor.

Pero, de vez en cuando, les ofrece a los pueblos la oportunidad de reescribir el relato que tienen sobre sí mismos.

Tengo la esperanza de que éste sea uno de esos días.

No porque un gol cambie a México.

Sino porque, a veces, un solo instante basta para que millones de personas se permitan imaginar un final distinto.

Y cuando cambia la historia que un país se cuenta sobre sí mismo, también cambia la manera en la que se atreve a mirar el futuro.

Por eso el domingo no sólo habrá once futbolistas frente a Inglaterra.

Habrá millones de mexicanos frente a la posibilidad de volver a creer.

Tenemos una cita con la historia.

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