
-DIEGO AGUILAR
Hoy votamos, pero ¿sabemos por qué?
“En 1984, Orwell advertía: si controlas el lenguaje, controlas el pensamiento. Tal vez por eso hablamos de ‘democracia’ sin tener claro qué significa. Como un barco con un mapa mal dibujado, nos aferramos a una palabra cuyo rumbo olvidamos hace siglos.”
El término viene del griego: demos (pueblo) y kratos (poder). Nació en Atenas hacia el 510 a. C., tras la caída de la tiranía de Hipias.
No era representativa, sino directa: los ciudadanos votaban cada ley, cada decisión.
¿Quiénes eran ciudadanos?
Hombres adultos nacidos en Atenas. Ni mujeres, ni niños, ni esclavos. Apenas un 10 o 15% de la población podía decidir sobre el destino de todos los demás.
La Ekklesia, la asamblea, reunía a miles de personas votando a mano alzada. La Boulé, un consejo de 500 elegidos por sorteo, preparaba los temas. Incluso los tribunales estaban formados por jurados ciudadanos seleccionados al azar.
Platón criticaba que el poder quedara en manos de multitudes fáciles de manipular por demagogos. Aristóteles aceptaba la democracia como válida, pero advertía: sin educación cívica, degenera en populismo.
Es decir: la democracia original nunca fue un paraíso de igualdad, sino un experimento restringido. Y desde el inicio ya estaba abierta la discusión sobre si la mayoría sabe decidir o no.
Lo curioso es que hoy seguimos usando la palabra como si hablara de lo mismo. Pero lo nuestro no es democracia pura, sino representativa. En Atenas, los ciudadanos votaban cada decisión. Hoy apenas marcamos una boleta cada ciertos años y dejamos que otros decidan todo lo demás.
La paradoja es clara:
—En Atenas, casi nadie podía participar, pero quienes sí, decidían directamente.
—Hoy, cualquiera puede votar, pero después no decide nada. Solo elige a los que sí deciden.
¿Podemos seguir llamándole democracia?
Defendemos “la voz del pueblo”, pero las decisiones que mueven al mundo se toman en oficinas cerradas, entre unos pocos. Y surge la pregunta incómoda: ¿de verdad debería decidir la mayoría en todo, aunque no tenga idea, o sería más lógico dejar el rumbo a quienes saben?
El dilema no es si la democracia funciona, sino qué tipo de democracia queremos.
¿La griega, elitista pero directa?
¿O la nuestra, incluyente pero hueca?
La provocación es inevitable: si queremos un hospital, ¿consultamos a médicos o a mecánicos? Si vamos a construir un aeropuerto, ¿preguntamos a campesinos y oficinistas, o a ingenieros y urbanistas?
La democracia nos repite que todas las opiniones valen lo mismo. Pero no todas construyen lo mismo.
La libertad de opinar es vital, claro. Pero quizá toca preguntarnos si eso significa que todos deban decidir. Tal vez sea hora de que quienes saben dirijan el rumbo.
La pregunta incomoda, pero vale más incomodar que seguir aplaudiendo un espejismo.
Entonces, ¿qué preferimos?
¿Una democracia donde todos opinamos aunque nadie sepa?
¿O una sociedad organizada de manera que el conocimiento y la experiencia realmente guíen nuestras decisiones?
Aristóteles lo resumió: “El objetivo del Estado es la vida buena, y no solo la mera existencia”.









