¿Y si si?

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Por Diego Aguilar

Lo normal es que, cada vez que ustedes hacen el enorme favor de abrir alguno de los periódicos donde se publican mis columnas, me encuentren criticando al fútbol mexicano.

Y sí.

Seguramente seguiré haciéndolo.

Seguiré hablando de una Liga MX que decidió darle la espalda al ascenso y descenso. De una estructura que hace años dejó de premiar la meritocracia. De las fuerzas básicas que producen menos de lo que deberían. De la corrupción. De la falta de competencia internacional. De todas esas decisiones que nos alejaron de donde alguna vez soñamos estar.

Porque señalar lo que está mal también es una forma de querer cambiarlo.

No me voy a pelear con la realidad.

Pero estas semanas me hicieron entender algo que llevaba años escondido.

Yo también tengo un trauma.

Creo que cada generación de mexicanos carga con una cicatriz distinta cuando habla de la Selección Nacional.

Algunos crecieron con los cachirules y el Mundial que nunca fue. Otros con los cambios de Mejía Barón. Otros con el zurdazo imposible de Maxi Rodríguez.

Los de mi generación tenemos otro nombre para ese vacío.

“No era penal.”

Yo tenía ocho años.

Y sin darme cuenta aprendí algo muy peligroso: que era mejor no ilusionarse.

Porque ilusionarse duele cuando eres mexicano.

Por eso, cuando se anunció el regreso de Javier Aguirre para dirigir otro Mundial, fui de los primeros en dudar. Pensé que era mirar otra vez hacia atrás. Que otra vez apostaríamos por lo conocido.

Me equivoqué.

Y pocas veces me ha dado tanto gusto escribir esas dos palabras.

Porque este equipo transmite algo que hacía mucho no veía.

No juega desde la soberbia.

Juega desde la convicción.

México siempre ha tenido que competir con lo que tiene, no con lo que quisiera tener.

Nuestro talento convive con selecciones cuyos futbolistas cuestan cientos de millones más.

Nuestros referentes compiten contra delanteros que marcan una época en Europa. Y aun así, México sigue encontrando la manera de estar.

Eso no nos hace menos.

Nos hace distintos.

Y en este Mundial, además, hay algo que se siente en cada estadio.

México no sólo juega: se vive.

El Estadio Azteca, el Akron, cada sede donde aparece el verde se convierte en una extensión del país.

La afición no acompaña: empuja. Grita como si cada balón dividido fuera una final. Convierte un torneo global en algo íntimo.

Y en ese contexto, también aparecen señales que no se pueden ignorar.

Ayer, ante Corea del Sur, el equipo volvió a ganar en un partido cerrado, de esos que antes terminaban en tragedia.

Y creo que sucedió un clic diferente, un momento de inflexión, empezar con el mejor arranque de la historia de la selección en mundiales con una plantilla de jóvenes cuya mayoría es su primer certamen de la copa del mundo…. Es importante y eso normalmente no nos pasa a nosotros.

Y apareció algo que puede definir torneos.

Un portero.

Raúl “El Tala” Rangel sostuvo el resultado con una atajada que ya está dando la vuelta al mundo. Una de esas intervenciones que no solo evitan un gol, sino que cambian el ánimo de todo un país. Una de esas jugadas que se quedan en la memoria colectiva aunque el torneo siga.

México siempre encuentra algo en la portería.

Siempre.

Como si el destino, de vez en cuando, decidiera equilibrar la historia.

Después del golpe de Qatar, parecía que el fútbol mexicano había perdido el rumbo.

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, vuelvo a ver una idea.

Un grupo que entiende a qué juega.

Futbolistas capaces de sacrificarse por el compañero.

Un entrenador que toma decisiones valientes cuando el partido las exige.

Eso también se trabaja.

Eso también se construye.

Y después está algo que ninguna pizarra puede explicar.

El espíritu.

Hay países que juegan al fútbol.

México lo sobrevive.

Hay algo profundamente mexicano en levantarse cuando todo parece perdido.

En competir aunque el rival parezca más grande.

En convertir la adversidad en combustible.

Dicen que México es un país surrealista.

Y quizá por eso este Mundial, siendo anfitriones, se siente distinto.

Porque aquí lo imposible no suena tan imposible.

Porque cuando el Azteca ruge, cuando el Akron se prende, cuando la afición convierte cada partido en una ceremonia, algo cambia.

No es lógica.

Es energía.

Es identidad.

Es una forma de creer aunque la razón diga lo contrario.

Y quizá por eso, generación tras generación, aparece un portero dispuesto a sostenernos cuando todo se desmorona.

Quizá por eso hay futbolistas que corren un metro más cuando ya no quedan piernas.

Quizá por eso este equipo transmite algo que va mucho más allá de un sistema táctico.

Transmiten orgullo.

Transmiten hambre.

Transmiten una idea sencilla, pero poderosísima: nadie nos va a regalar absolutamente nada.

Y eso me emociona.

Porque el deporte jamás le ha pertenecido únicamente a los favoritos.

También le pertenece a los tercos.

Al Porto levantando una Champions.

A Grecia conquistando una Eurocopa.

A todos esos equipos que entendieron que la historia nunca la escriben las probabilidades.

La escriben quienes tienen el valor de desafiarla.

Y además, si uno mira con honestidad la historia de México en los Mundiales, hay una sensación inevitable:

El fútbol nos debe una.

Nos debe partidos.

Nos debe momentos.

Nos debe ese instante en el que todo finalmente cae de nuestro lado.

¿Por qué nosotros no?

Explíquenme por qué tendría que elegir el cinismo sobre la esperanza.

¿Por qué no creer en un entrenador que parece haber encontrado el momento exacto para tomar decisiones valientes?

¿Por qué no creer en un grupo de jóvenes que juega sin el miedo que tantas veces paralizó a generaciones anteriores?

¿Por qué no emocionarme cuando veo a Edson liderar, a Eric Lira interpretar el juego con una serenidad impropia de su edad, a Julián Quiñones atacar cada espacio como si fuera el último de su carrera, a Raúl Jiménez recordándonos que la resiliencia también puede llevar el número nueve, o a Santiago Giménez hablar de hacer historia sin pedir permiso?

¿Por qué no?

Llevo años escribiendo sobre todo lo que el fútbol mexicano debe cambiar.

Y créanme, sigo pensando exactamente lo mismo.

Pero los Mundiales no los juegan los reglamentos.

Los juegan personas.

Veintiséis mexicanos que cargan sobre los hombros el peso de un país entero.

Veintiséis futbolistas que saben que cada balón puede convertirse en un recuerdo para toda una generación.

No sé hasta dónde llegará esta Selección.

No sé si el destino le alcanzará para escribir la página más grande de nuestra historia.

Lo único que sé es que, por primera vez desde que era un niño, dejé de mirar un Mundial esperando el golpe.

Volví a mirar esperando el milagro.

Y si al final no sucede, dolerá.

Claro que dolerá.

Pero prefiero un corazón roto por haber creído que una vida entera protegida por el cinismo.

También hay algo poético que nuestro himno sea “Hasta que te conocí “ de Juan Gabriel, hay algo poético en que este deporte nos ha dado más tristezas que alegrías y pareciese que se la cantamos al propio futbol!.

Pero bueno

Llevo años diciéndole al fútbol mexicano todo lo que debe cambiar.

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, no quiero cambiar nada.

Sólo quiero creer.

¿Y si sí?

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