
Por Diego Aguilar
Nunca te vi jugar.
Y, sin embargo, te extraño.
Tengo la teoría de que me llamo Diego por ti. Mi papá siempre lo niega, pero es una mentira piadosa con la que me gusta fantasear. Él sí te vio. Yo no. Él vio el Mundial de 1986; yo heredé el mito.
No escuché el relato en tiempo real de un enganche contra Inglaterra. No vi a los italianos desesperarse porque había un tipo bajito que parecía jugar con otra ley de la física. Nunca pasé un domingo esperando que la pelota llegara a tu zurda. Yo nací en 2006, cuando ya pertenecías más a los documentales que a las canchas.
Y, sin embargo, siento que te conozco.
Quizá porque crecí escuchando hablar de ti. Quizá porque La mano de Dios, la canción que Rodrigo te dedicó, ocupa un lugar profundamente íntimo en mi vida. Nunca he sabido explicar por qué. Solo sé que cada vez que suena siento que también habla un poco de mí, aunque jamás te haya visto jugar.
Yo heredé un recuerdo que nunca fue mío.
O quizá heredé algo todavía más extraño: la necesidad de entender por qué el mundo nunca dejó de hablar de ti.
Siempre me preguntan por qué alguien de mi generación puede seguir fascinado con Diego Armando Maradona. La respuesta nunca está en YouTube. Los highlights explican cómo jugabas; jamás explicarán quién eras.
Yo pertenezco a la generación de Lionel Messi. Crecí viendo a Cristiano Ronaldo dominar Europa y nunca he ocultado que él es mi máximo ídolo futbolístico. Existen jugadores más completos. Carreras más largas. Atletas mejor preparados.
Pero casi nadie volvió a provocar la sensación de que un país entero respiraba al ritmo de un solo pie izquierdo.
Y ahí entendí que Maradona nunca fue solamente un futbolista.
Fue un mito.
No me enamoré del futbolista.
Me obsesioné con el misterio.
César Luis Menotti dijo alguna vez que Maradona fue “el más humano de los dioses.”
Nunca encontré una definición mejor.
Porque no eras un héroe.
Tampoco un villano.
Eras ambas cosas.
En una misma persona convivieron el hombre capaz de regalar el gol más hermoso de la historia de los Mundiales y el hombre que pasó décadas intentando escapar de una adicción que jamás consiguió derrotar del todo. El capitán que levantó a una nación con una zurda inmortal y el hombre suspendido por dopaje, perseguido por sus propios excesos y devorado por una fama que parecía demasiado grande incluso para él.
El ídolo que abrazó causas populares y decidió caminar junto a Fidel Castro y Hugo Chávez, despertando la admiración de unos y el rechazo de otros. El hombre cuya vida también quedó marcada por graves controversias y denuncias que alimentaron una imagen pública tan incómoda como fascinante.
Eras el tipo que podía tocar el cielo un sábado al mediodía en una cancha de fútbol y, apenas ocho horas después, descender al infierno tomando las peores decisiones en alguna discoteca.
Por eso me incomoda cuando intentan reducirte a un santo.
Y también cuando quieren resumirte en tus peores errores.
Porque ninguna de esas versiones alcanza.
Fuiste la prueba de que un hombre puede ser inmenso y, al mismo tiempo, incapaz de salvarse a sí mismo.
Luego está el contexto.
El bendito contexto.
Argentina venía de una dictadura militar que había dejado miles de desaparecidos. Apenas cuatro años antes había perdido la Guerra de las Malvinas. El Mundial de 1986 no borró esas heridas, ni mucho menos “vengó” una guerra. Esa idea simplifica demasiado una historia infinitamente más dolorosa. Pero sí le devolvió a un pueblo algo que también alimenta a las naciones: la dignidad de volver a sentirse orgullosas.
Por eso aquel partido contra Inglaterra dejó de ser solamente un partido.
Hay futbolistas que representan clubes.
Hay otros que representan selecciones.
Maradona representa un pueblo.
Y me atrevo a decir que representa algo todavía más grande.
Representa la tragedia humana.
Los griegos entendían la tragedia como el destino de los hombres extraordinarios: aquellos cuya grandeza convivía inevitablemente con su propia ruina. Aquiles tuvo su talón. Edipo, su ceguera. Prometeo, su castigo.
Diego tuvo su zurda.
Y todo lo demás.
Los psicólogos hablarían de la sombra. Los filósofos, del combate eterno entre la razón y el deseo. Oriente lo resumió hace siglos con una imagen más sencilla: el yin y el yang.
Luz y oscuridad.
Orden y caos.
Grandeza y miseria.
Todo eso cabía en Diego Armando Maradona.
Quizá por eso sigue siendo universal.
Porque todos conocemos a alguien que lucha contra sí mismo.
Porque todos hemos querido tocar el cielo y, al mismo tiempo, hemos sentido la tentación de destruir aquello que más amamos.
Porque todos llevamos un poco de ese Diego que sueña con ser inmortal y otro poco del Diego que se sabotea cuando está más cerca de conseguirlo.
Tal vez Maradona no sea el mejor espejo del futbolista.
Es el mejor espejo del ser humano.
Nunca te vi jugar.
Y, sin embargo, te extraño.
Qué cosa tan extraña es un mito.
Consigue que un muchacho de San Luis Potosí, nacido veinte años después de tu Mundial, sienta nostalgia por un tiempo que nunca vivió.
Los inmortales no son los que nunca mueren.
Son aquellos que consiguen emocionar a quienes nacieron demasiado tarde para conocerlos.
Porque hay biografías que caben en un libro.
La tuya necesitó convertirse en leyenda.











