Cómo el delfín más pequeño del mundo llegó al borde de la extinción en Nueva Zelanda

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Con solo 54 ejemplares registrados, este cetáceo de Māui enfrenta un declive que combina capturas accidentales, minería submarina y una infección vinculada a los gatos domésticos que llega al mar arrastrada por las lluvias

INFOBAE.- Con una población estimada en 54 individuos, el delfín de Māui quedó situado al borde de la extinción en Nueva Zelanda, donde esta subespecie endémica del delfín de Hector sobrevive en una franja acotada del noroeste de la Isla Norte.

Según informó GEO, se trata del delfín más pequeño del mundo y su situación figura entre las más delicadas para un cetáceo. La cantidad de individuos registrados para 2020-2021 se concentra entre Raglan y el puerto de Kaipara, en la costa occidental del territorio insular.

El animal presenta un cuerpo pequeño y robusto, una combinación de tonos negro, blanco y gris, carece de hocico prominente y posee una aleta dorsal redondeada que lo distingue de otras variedades marinas.

El panorama de conservación se agrava por la trayectoria demográfica de la variante. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) la clasifica en peligro crítico de extinción, ya que su número de ejemplares se habría reducido un 70% desde 1970.

Un declive sostenido durante décadas

Delfín de Māui de color blanco y negro, con aleta dorsal triangular, atrapado en una red de pesca bajo un fondo submarino azulado.

Anton van Helden, asesor principal en ciencia marina del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda (DOC), explicó que desde la década de 1970 el uso de redes de pesca monofilamento contribuyó al aumento de las capturas accidentales, una de las amenazas más persistentes.

La información también indica que, desde 2001, la subespecie registra una caída media anual de entre 1,5% y 3%, con variaciones según el año.

Ese descenso prolongado consolidó una situación en la que el margen de recuperación resulta muy estrecho para una población ya reducida a unas pocas decenas de ejemplares.

La presión sobre estos ejemplares también incluye la enfermedad toxoplasmosis, que es transmitida por gatos y arrastrada al mar por escorrentías. En 2022, el Estado destinó 4,8 millones de dólares durante 3 años a un plan de acción contra la toxoplasmosis.

A los anteriores factores hay que añadir los impactos derivados de la minería en los fondos oceánicos, los estudios sísmicos, el tráfico marítimo, la urbanización de las costas, los derrames de petróleo y el cambio climático.

Medidas oficiales y límites de la protección actual

Dos delfines con lomo gris oscuro y vientre blanco nadan bajo la superficie del agua entre un arrecife con corales de varios colores y peces.

Frente a ese escenario, el país oceánico desarrolló un plan de gestión de amenazas para estos cetáceos, cuya actualización más reciente data de 2020.

Ese esquema incorporó restricciones pesqueras con zonas de exclusión para redes fijas y de arrastre, además de la prohibición de redes de deriva.

La estrategia oficial también incluyó la ampliación del santuario de mamíferos marinos del territorio con el objetivo de contemplar el impacto de las prospecciones sísmicas y de la actividad minera submarina.

“Otras amenazas se gestionan principalmente a través de otros marcos regulatorios existentes, como la Ley de Gestión de Recursos de 1991 y el Reglamento de Protección de Mamíferos Marinos de 1992”, señaló Van Helden. Ese entramado legal forma parte del sistema de conservación que busca limitar los riesgos.

La advertencia científica

Tres delfines grises y un alcatraz blanco con pico amarillo están atrapados en una red de pesca gris verdosa, bajo el agua azul con rayos de sol filtrándose.

Aun con esas medidas, el número global de delfines de Māui sigue en niveles extremadamente bajos.

“Los modelos científicos actuales indican que la protección pesquera por sí sola probablemente no será suficiente para evitar un mayor declive o la extinción de la especie”, sostuvo el científico.

Con una esperanza de vida media que podría superar los 20 años, este animal enfrenta una crisis en la que cada ejemplar adquiere un peso decisivo para la continuidad de la población.

El dato de la cantidad de individuos resume el alcance de una emergencia ambiental que mantiene en riesgo extremo a una de las especies más singulares del ecosistema oceánico neozelandés.

Esa evaluación apunta a la necesidad de sostener las restricciones ya vigentes y, al mismo tiempo, reducir al máximo las amenazas de origen humano.

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