Delirium Pollum demuestra que el asombro todavía cabe en un escenario

Sin palabras, sin pantallas y sin artificios digitales, Pimpolina conquistó a niños y adultos en el Teatro de la Paz. La ternura, la música en vivo y el juego con los objetos recuerdan que todavía somos capaces de fascinarnos con las cosas más simples. Este jueves 2 de octubre ofrece su última función en San Luis Potosí.
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“Estuvo súper divertido”. “Mamá, me gustó mucho”. “Quiero mi foto con Pimpolina”.

Las frases se repetían a la salida del Teatro de la Paz entre niños que, después de una hora de función, no parecían tener ninguna prisa por abandonar el universo que acababan de conocer.

Y quizá ahí se encuentra uno de los mayores logros de Delirium Pollum: en un momento en el que parece casi imposible competir con una pantalla, una mujer, algunos objetos cotidianos, música ejecutada en vivo y una enorme capacidad para jugar consiguieron mantener la mirada, la curiosidad y la emoción de los más pequeños.

No hubo diálogos. No hicieron falta.

La noche del miércoles 1 de octubre, Andrea Christiansen, convertida en Pimpolina, volvió a demostrar que el clown puede construir mundos completos con un gesto, una pausa, un objeto que aparentemente no significa nada y la complicidad del público.

Delirium Pollum nace precisamente de ese encuentro entre el circo y el teatro. Pimpolina habita una casa en la que lo cotidiano deja de comportarse como debería: los utensilios cobran vida, un pollo se resiste a convertirse simplemente en la cena y una tina puede terminar transformándose, gracias a la imaginación, en una embarcación. La puesta propone borrar constantemente la frontera entre lo real y lo imaginado.

Volver a maravillarse con lo sencillo

Lo interesante es que los niños entran al juego sin necesidad de explicaciones.

Observan. Esperan. Se ríen. Anticipan. Le gritan a Pimpolina. Intentan advertirle lo que está sucediendo y, de pronto, dejan de ser únicamente espectadores para formar parte de ese pequeño universo.

Christiansen juguetea permanentemente con ellos y también con los adultos. Mira al público, espera su reacción, la provoca y vuelve a sorprenderlo. Esa conversación ocurre sin palabras y hace que cada función tenga algo irrepetible.

Hay algo profundamente reconfortante en observar esa respuesta.

Nos hemos acostumbrado a pensar que para sorprender a un niño hacen falta estímulos cada vez más rápidos, imágenes que cambien permanentemente o dispositivos capaces de ofrecer cientos de opciones en unos segundos. Delirium Pollum apuesta exactamente por lo contrario: detenerse, mirar y permitir que una cosa sencilla se transforme frente a nuestros ojos.

Esa parece ser también una de las ideas centrales de la obra: la vida cotidiana no necesariamente tiene que ser rutinaria; la imaginación puede convertirla en algo extraordinario.

Y entonces sucede algo que quizá habíamos olvidado: la fascinación por lo simple.

La ternura no aparece aquí como ingenuidad, sino como una forma de mirar.

Una música que también cuenta la historia

 

 

Aunque Pimpolina no pronuncia palabras, nunca está sola sobre el escenario.

La música en vivo funciona prácticamente como otro personaje. En esta temporada potosina está a cargo de Leonardo Soqui, músico y productor con más de tres décadas de trayectoria, quien ha musicalizado más de 40 montajes teatrales y colaborado con artistas como Cecilia Toussaint, Eugenia León, Ely Guerra y Regina Orozco; actualmente es director musical de la banda de Lila Downs.

Soqui acompaña los movimientos, anticipa los accidentes, subraya los silencios y construye junto con Pimpolina una narración que nunca necesita explicarse.

En Delirium Pollum, la música no está colocada detrás de la actuación: juega con ella.

También resulta fundamental el trabajo visual. El diseño de iluminación de Martha Benítez García construye un gran círculo cenital que es al mismo tiempo casa y pista de circo; en la función potosina, su ejecución estuvo a cargo del iluminador Gerzon Fernando Martínez. La luz delimita el pequeño territorio de Pimpolina y permite que, dentro de él, lo doméstico se transforme continuamente en fantasía.

Más de cuatro décadas aprendiendo a hacer reír

 

Detrás de esa aparente sencillez hay una trayectoria extraordinaria.

Andrea Christiansen nació en Córdoba, Argentina, y llegó a México en 1978. Durante más de cuatro décadas ha desarrollado un lenguaje que mezcla clown, pantomima, teatro, circo y manipulación de objetos. Con Pimpolina ha recorrido México y realizado giras por Centroamérica, Sudamérica, Estados Unidos y Francia; además, recibió en 1997 el Premio Nacional de Pantomima.

La dirección original de Delirium Pollum pertenece al canadiense Gervais Gaudreault, fundador junto con Suzanne Lebeau de Le Carrousel y figura de amplia trayectoria internacional en teatro para públicos jóvenes. En México ha colaborado, entre otros proyectos, con la Compañía Nacional de Teatro y Marionetas de la Esquina.

Por eso quizá resulta engañoso decir que en el escenario “solo” hay una payasa jugando.

Hay precisión. Hay oficio. Hay técnica. Hay música. Hay luz. Hay décadas enteras dedicadas a comprender algo que parece sencillo y no lo es: cómo capturar la atención de otro ser humano y conseguir que vuelva a mirar el mundo con curiosidad.

Y anoche ocurrió.

Ocurrió cuando los niños se adelantaban en sus asientos.

Cuando intentaban ayudar a Pimpolina.

Cuando se escuchaban las carcajadas.

Y ocurrió nuevamente al terminar la función, cuando algunos de ellos salieron emocionados del teatro queriendo seguir cerca de ese personaje que, durante una hora, consiguió demostrarles que un pollo, una tina, una cortina o cualquier objeto cotidiano pueden contener una historia.

Tal vez eso sea Delirium Pollum: el regreso al embeleso de la ternura y la posibilidad de recordar que imaginar todavía es una forma extraordinaria de divertirnos.

Y todavía hay una oportunidad para vivirlo.

Delirium Pollum presenta este jueves 2 de octubre su última función en San Luis Potosí, a las 20:00 horas en el Teatro de la Paz. Los boletos tienen un costo de 250 pesos, entrada general en Luneta, y se encuentran disponibles a través de Superboletos.

Para quienes todavía dudan de que una obra sin palabras pueda mantener a un niño fascinado durante una hora, quizá esta sea precisamente la función que deberían ver.

 

 

 

 

 

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