La obsesión con la “música de verdad”

Por Alexa Durán.
Hay una línea muy delgada entre tener criterio musical y simplemente ser prejuicioso.
Toda la vida he escuchado rock; es el género que más escuchaban mis papás y con el que crecí. Durante mucho tiempo, eso también se volvió parte de mi identidad.
Definitivamente hubo una etapa en la que fui una esnob musical, de esas personas que critican el reggaeton por ser vulgar, el pop por ser superficial y básicamente negándole sustancia a cualquier otro tipo de música.
Pero aferrarte así a un solo género es más desgastante de lo que parece. Por más bandas y álbumes que descubría dentro del rock, algo ya no se sentía igual. Escuchaba música todo el tiempo, pero cada vez conectaba menos con ella.
Con el tiempo entendí que no era la música lo que me estaba cansando, era la forma en la que la estaba escuchando. O, más bien, todo lo que me estaba impidiendo escucharla de verdad.
Estos últimos años me he permitido empujar los límites que yo misma me había puesto, y ha sido una de las mejores decisiones que he tomado.
Hoy me describiría como una “nómada musical”: ya no me encasillo en un solo género, no siento la necesidad de pertenecer a una escena específica. Me muevo entre sonidos, épocas y estilos; me quedo con lo que me hace sentir algo (sin sentir que debo justificarlo), y dejo lo que no conecta conmigo.
Pero llegar ahí también implicó reconocer que mi propia mentalidad nubló mi forma de escuchar. Antes de darle una oportunidad real a una canción, ya había decidido que no me iba a gustar. Y eso, sin darme cuenta, me cerró a un montón de cosas que probablemente me habrían encantado.
En este proceso he pasado por punk, goth, pop, y sonidos que antes ni siquiera consideraba. He encontrado joyas donde antes no habría buscado nunca. Ya no me da pena tener artistas actuales en mis playlists ni que aparezca Bad Bunny en el historial de Spotify y, curiosamente, mi aprecio por el rock es mayor ahora que dejé de escucharlo hasta el cansancio.
Y es que, a veces, olvidamos que la música no solo está hecha para ser analizada: también está hecha para sentirse. Tal vez una canción no tenga la letra más compleja ni el solo más impresionante, pero si logra hacerte bailar, gritar o simplemente cambiarte el ánimo, entonces está cumpliendo su función. Que no tenga “sustancia” no significa que sea malo.
No se trata de escuchar de todo ni de abandonar por completo lo que te gusta. Pero creo que es importante dejar de cerrarnos a posibilidades porque nos estamos perdiendo de nuestra próxima canción favorita.
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